Hugo Amanque Chaiñanoviembre 2, 202053min264

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Las elecciones norteamericanas entre Trump o Biden: ¿Qué les conviene a los países latinoamericanos?

rivales candidatos

Análisis

Hace tiempo que América Latina dejó de ser importante en la agenda internacional de EEUU. Ni el triunfo de Joe Biden ni la reelección de Donald Trump harán cambiar su posición periférica. Pero, en esta ocasión, la pandemia del COVID-19, las tareas posteriores de reconstrucción, más importantes si cabe en un área tan golpeada como la región, y el cada vez más intenso enfrentamiento geopolítico entre China y EEUU, otorgan a estos comicios una importancia especial, reforzada por el contagio del presidente y su entorno. La elección del presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la resolución de la crisis venezolana, las sanciones contra algunos países latinoamericanos (Cuba, Venezuela y Nicaragua) y los equilibrios regionales, son sólo algunas de las cuestiones que han estado y seguirán en juego y que, de alguna manera, se verán afectadas por el resultado y por la identidad del ganador.

Prueba de este papel secundario ha sido la nula presencia de temas latinoamericanos en el primer debate entre Trump y Biden, aunque lo mismo se puede decir de la mayor parte de los temas internacionales. En realidad, si alguna de estas cuestiones se hubiera abordado hubiera sido sólo en clave interna. Sin embargo, el periódico mexicano El Economista tituló: “Primer debate presidencial: Trump y Biden se concentran en problemas internos; de México, ni una palabra”. Una vez más se ve que si EEUU se ocupa de América Latina, mal (y peor si se ocupa mucho), pero si no lo hace también mal.

Si bien el panamericanismo y las relaciones hemisféricas se han desarrollado desde mediados del siglo XIX, América Latina fue motivo de especial preocupación para Washington después de 1959, tras el triunfo de la Revolución Cubana. La alianza entre Fidel Castro y la URSS, durante la Guerra Fría, aumentó el temor de las sucesivas Administraciones. Tras el frustrado intento de Bahía de Cochinos, el castrismo intentó protegerse de una nueva “agresión imperialista”, exportando la revolución a su entorno (décadas de 1960 y 1970). La búsqueda de aliados en la izquierda latinoamericana, el impulso de la lucha armada y la creación de focos guerrilleros fueron un problema constante para Washington.

Durante años, América Latina estuvo en el centro de la agenda de EEUU. La respuesta varió del intervencionismo de algunos presidentes republicanos (Dwight D. Eisenhower, Richard Nixon y Ronald Reagan) y demócratas (Lyndon Johnson), a ciertas estrategias novedosas (John Kennedy y la “Alianza para el Progreso”). El triunfo Sandinista en 1979 y los conflictos centroamericanos –versión regional del duelo geopolítico entre las dos superpotencias– confirmaron los temores de los sectores más radicales de Washington.

Si bien el final de la Guerra Fría (1989) rebajó el valor estratégico de la región, diversas iniciativas intentaron reforzar la relación hemisférica, ya no desde la ideología (anticomunismo) sino desde el comercio. Fue el caso del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que naufragó a comienzos del siglo XXI cuando Néstor Kirchner y Hugo Chávez, con la anuencia de Lula da Silva, hundieron la propuesta de George W. Bush, lanzada por Bush padre y, sobre todo, por Bill Clinton. Previamente, los atentados terroristas del 11-S (2001), habían sacado a América Latina del radar estratégico de EEUU, al no suponer una amenaza estratégica.

La región ha ido perdiendo peso en la política exterior estadounidense, que desde 2005 carece de un proyecto regional, centrándose en temas concretos: el vínculo estratégico con México, la migración centroamericana, la crisis venezolana, la relación con Cuba, y el crimen organizado y el narcotráfico. No sólo no existe una estrategia integral, sino que también va decayendo el peso económico estadounidense (nuevas inversiones extra regionales: China) y su presencia político-institucional. George W. Bush visitó la región 18 veces (seis México; dos Perú, Colombia y Brasil; y una El Salvador, Chile, Argentina, Panamá, Uruguay y Guatemala), mientras Barack Obama viajó 15 (cinco México; y una Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, El Salvador, Jamaica, Panamá, Perú, Trinidad y Tobago y, la muy simbólica, a Cuba). En su primer cuatrienio, Trump no ha realizado ninguna gira por la región: su única visita fue a una cumbre del G-20 en Buenos Aires.

Esa desatención fue agravada por los problemas que arrastra el Departamento de Estado en esta Administración. Carece de continuidad, coherencia en los nombramientos y capacidad de planificación, lo cual ha influido negativamente en sus relaciones exteriores en general y en América Latina en particular. Como se ha mencionado, las líneas generales de la agenda latinoamericana han estado condicionadas por la política interna. Al igual que en otras partes del mundo, Trump ha sometido la política exterior a sus intereses personales: Venezuela y Cuba han servido para atraer el voto de Florida; y México y Centroamérica han sido parte de su estrategia anti-inmigración dirigida al sector más xenófobo del Partido Republicano.

A estos puntos concretos, durante la era Trump, se ha añadido el temor a China, que ha ido creciendo en los últimos años. El creciente protagonismo chino surgió del comercio, y se intensificó tanto con las inversiones y el sector financiero como con las relaciones diplomáticas. Hoy China es el mayor acreedor de América Latina, superando el total de préstamos concedidos por el BID, el Banco Mundial y la CAF conjuntamente. Pekín ha incrementado los intercambios comerciales hasta rondar los 300.000 millones de dólares y ha elevado su inversión directa, calculada para 2012-2017 en 65.000 millones.

Si bien EEUU sigue siendo el principal socio económico de América Latina, su presencia ha ido perdiendo peso. En los últimos 15 años el porcentaje de su comercio bajó del 52% al 34%, mientras China pasó del 1% al 11% y ya es el primer socio comercial de varios países, especialmente los grandes productores de commodities (Argentina, Brasil, Chile y Perú). En cuanto a la inversión extranjera directa (IED), EEUU sigue siendo el mayor inversor, aunque la presencia china ha subido en la última década. Si entre 2001 y 2005 las empresas chinas invirtieron 4.400 millones de dólares, entre 2011 y 2017 superaron ampliamente los 70.000 millones.

El enfrentamiento entre China y EEUU también tiene en América Latina un escenario de conflicto. La fuerte campaña estadounidense para evitar que los gobiernos latinoamericanos se inclinen por la tecnología 5G de Huawei así lo prueba. El embajador estadounidense en Brasil, Todd Chapman, declaró al diario O Globo: “Si Huawei obtiene la licencia para introducir la tecnología 5G en Brasil, eso tendrá consecuencias”.

Una de las principales razones por la que se impulsó la candidatura de un estadounidense en el BID fue para contrarrestar la penetración china, aunque la apuesta por Mauricio Claver-Carone supusiera romper la tradición de elegir un presidente latinoamericano desde la creación del Banco en los años 1950. Además, ha desencadenado una pérdida de “poder blando”. El movimiento de Trump ha dejado un sabor amargo, al evidenciar las fracturas de la región y acentuar la sensación de impotencia entre gobiernos incapaces de definir un destino común y contar en el escenario internacional. Asimismo, ha incrementado la vieja polarización regional y ha servido para incrementar las divisiones existentes. Si los gobiernos regionales hubieran consensuado un latinoamericano para presidir el BID, esta maniobra no habría prosperado, al carecer de respaldo suficiente.

América Latina, entre Trump y Biden

La primera Administración Trump (2017-2021) ha mantenido a América Latina en la periferia de la agenda internacional. Las excepciones han sido la estratégica relación con México, los problemas migratorios centroamericanos, el narcotráfico, la crisis política de Venezuela y su vínculo con Cuba y Nicaragua, y, en ciertos momentos, durante el gobierno de Macri, la crisis económica argentina.

Este escenario (Latinoamérica como tema periférico para un gobierno centrado en escenarios concretos más que en una política regional) no va a cambiar sustancialmente, tanto si es reelecto Trump como si se produce el cambio. Con Biden, América Latina tampoco recuperará la centralidad en la agenda de una Administración demócrata, pero cambiará el tono y, en una parte sustancial, el fondo de la relación. Cynthia Arnson, directora del Programa de América Latina del Woodrow Wilson Center, señala que con Biden existiría un “cambio drástico de tono y enfoque” hacia América Latina ya que “se acabarían las amenazas y el acoso que los países han experimentado”. El demócrata aspira a recuperar el “poder blando”, reconstruyendo el papel mundial de EEUU como líder político e incluso “moral”. Pretende encabezar respuestas multilaterales y ser un articulador de soluciones colectivas a problemas comunes. Con Biden, EEUU regresaría a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y al Acuerdo de París.

Este cambio de estrategia se construiría abandonando el actual tono bronco y áspero, repleto de amenazas y basado en el “palo y la zanahoria”, para pasar a una relación más “amable”, de gestos y complicidades. El vínculo entre Biden y la región es más estrecho y ha gozado de continuidad desde que fue vicepresidente (2009-2017): viajó casi 20 veces a América Latina. En julio de 2019, en El Nuevo Herald, expuso los pilares de su proyecto hemisférico: unas “políticas regionales basadas en el respeto” y alejadas de las estrategias impulsadas por el actual gobierno. “La política de la Administración (Trump) en América Latina es, en el mejor de los casos, una vuelta atrás a la Guerra Fría y, en el peor de los casos, un desastre ineficaz”. Sin embargo, en los dos primeros años, la atención del nuevo presidente de EEUU, cualquiera que sea, va a estar centrada en la reconstrucción post pandemia, lo que afectará de un modo importante la relación con América Latina.

México como asunto interno

Antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca, todo apuntaba a que la relación con México podía ser explosiva. Durante la campaña electoral de 2016 los ataques verbales hacia los mexicanos y su propuesta de construir un muro fronterizo pagado por México crearon un ambiente tenso. Sin embargo, la relación entre Trump y Andrés Manuel López Obrador (AMLO) –a partir de su llegada al poder en diciembre de 2018– ha sido mejor de lo esperado. En la mayoría de las ocasiones ha primado el pragmatismo sobre las declaraciones altisonantes y provocativas a las que ambos son afectos.

López Obrador no sólo no ha liderado un bloque latinoamericano de “izquierdas”, sino que, una a una, se ha ido plegando a las posiciones de Trump tanto en materia migratoria como en asuntos comerciales y, finalmente, en la elección del BID. La estrategia habitual “trumpista” (elevar las exigencias y las amenazas para negociar desde una posición de mayor fuerza y hacer concesiones controladas en el acuerdo final) se dio tanto en la renegociación del Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA) entre EEUU, Canadá y México, como en las medidas de control de la emigración adoptadas por México.

Michel Shifter, del Diálogo Interamericano, ve que López Obrador “básicamente se ha acomodado a Trump en inmigración y su idea. Su papel esencial es no meterse en una batalla contra Trump. No creo que haya habido mucho rechazo por parte de AMLO (a las peticiones de Trump sobre inmigración). Es interesante porque mucha gente lo describe como de ideología izquierdista, pero no te esperas que un presidente de izquierdas se comporte así”. Incluso en el tema de la elección del BID, México, en un principio partidario de posponer la elección para impedir la llegada de un candidato estadounidense, acabó aportando el quorum necesario y absteniéndose, lo que permitió elegir a Claver-Carone.

Con Biden en la Casa Blanca, México continuaría siendo prioritario en la agenda. La buena relación de López Obrador con Trump, como se vio en su visita a Washington, debería mejorar. Lo que sí desaparecería son las amenazas y los gestos de desdén propios de Trump. Con Biden, la construcción del muro dejaría de ser central. Para el control limítrofe, propone “asegurar” la frontera “de una manera humana y que establezca un conjunto racional de reglas para los aspirantes a inmigrantes, invirtiendo en tecnología inteligente en nuestros puertos de entrada y agilizar el sistema de acogida contratando más jueces de inmigración y oficiales de asilo”. Su programa electoral pretende que los que buscan refugio en EEUU sean “tratados con dignidad y obtengan la audiencia justa que legalmente tienen derecho a recibir”. Por eso, cobraría mayor relevancia la potenciación del programa de Acción diferida para los llegados en la infancia (DACA) que protege de la deportación a unos 700.000 jóvenes. Biden, que respaldó el T-MEC, deberá hacer frente a la presión de sindicatos y empresas que denuncian las presuntas violaciones de los derechos laborales en México y a los grupos demócratas menos favorables a los tratados de libre comercio y que prioriza la agenda verde y las medidas de tipo ambientalista que México incumple.

El tema migratorio

Desde una perspectiva migratoria, América Central, especialmente el Triángulo Norte (Guatemala, El Salvador y Honduras), se ha convertido en vital. La estrategia de Trump ha buscado convertir a sus naciones en “terceros países seguros” para devolver emigrantes y contener y limitar los flujos migratorios. Los tres acuerdos firmados con los gobiernos de Guatemala, El Salvador y Honduras en 2019 para controlar la migración irregular llegaron después de que Trump anunciara un recorte de la ayuda económica.

La apuesta de Biden por “asegurar que nuestras políticas en las Américas reflejen una vez más nuestros valores estadounidenses”, debería verse con mayor claridad en la inmigración ilegal. Así, rompería con los pilares de la política anti-inmigratoria de Trump (impulso a los programas de “Tercer país seguro” y construcción del muro en la frontera con México) y respaldaría la continuidad del DACA. Biden ha sido más sensible a la situación de América Central (cuando era vicepresidente propuso un “Plan Marshall” para la región) y busca cambiar el “palo y la zanahoria” trumpista por nuevos programas específicos, sobre todo en El Salvador, Guatemala y Honduras, para crear “oportunidades futuras para su propia gente”. En esa línea, destinaría 750 millones de dólares para apoyar reformas.

La crisis venezolana y el vínculo con Cuba

Fuera de México y América Central, el interés estadounidense se ha centrado en Venezuela: apoyo a Juan Guaido, incremento de la presión al chavismo vía sanciones y “amagos” de desencadenar una invasión militar para acabar con el gobierno de Nicolás Maduro. En realidad, fueron cantos al sol que nunca tuvieron respaldo militar ni operacional. La falta de una estrategia coherente y el exceso retórico han caracterizado la política venezolana de Trump, lo que explica su fracaso. Durante sus cuatro años, Maduro ha sido reelegido (2018) y ha conseguido sostenerse en el cargo (2019-2020), resistiendo el reto que representó la aparición de Guaido, apoyado por Washington y otros 50 gobiernos del mundo.

Durante la actual campaña electoral, y para retener el voto hispano –especialmente el cubano y también el venezolano, pese a su menor peso cuantitativo–, Trump sigue intentando liderar la ofensiva contra Cuba y Venezuela y conseguir su colapso. Florida, como swing state, puede ser decisiva en la elección. En su reciente visita a Brasil, Guyana, Surinam y Colombia, el secretario de Estado, Mike Pompeo, abogó por la salida de Maduro: “Sabemos que el régimen de Maduro ha diezmado al pueblo de Venezuela y que el propio Maduro es un narcotraficante acusado. Eso significa que tiene que irse”. Tampoco cabe desechar que el pragmático Trump, una vez reelecto, abra la puerta a algún acercamiento con el chavismo, con las sanciones como moneda de cambio.

Biden, como Trump, aspira a presenciar el final del régimen chavista, pero por otras vías. Por eso, es posible que esté más cómodo con el pragmatismo de la “estrategia Capriles”, que con la agotada y disruptiva “estrategia Guaido”, como forma de destrabar la crisis política e institucional venezolana. El demócrata impugna de forma frontal la política venezolana de Trump, por lo que su llegada a la Casa Blanca podría implicar un cambio de enfoque. Biden, que ha ofrecido otorgar a los inmigrantes venezolanos el estatus de Protección Temporal (TPS), daría la vuelta a las políticas de Trump, que considera “dañinas” y “un fracaso abyecto”, porque han servido para que Maduro se fortaleciera desde que Trump asumió el poder: “El pueblo venezolano está peor, vive en una de las peores crisis humanitarias del mundo y el país no está más cerca de unas elecciones libres”.

La relación con Cuba es una de las incógnitas de lo que sería una nueva Administración demócrata en América Latina. ¿Intentará recuperar la política de Obama, o la actitud del gobierno encabezado por Miguel Díaz-Canel, tanto en materia de derechos humanos como por su presencia en Venezuela, lo haría mucho más cauto al respecto? Biden considera que el gobierno republicano “no ha hecho nada para promover la democracia y los derechos humanos, por el contrario, la represión contra los cubanos por parte del régimen ha empeorado”, por lo que ha propuesto revertir la decisión de limitar las remesas de las familias cubanas: “Mi plan es seguir una política que promueva los intereses y empodere al pueblo cubano para que determine libremente su propio resultado, su propio futuro”. De ahí que su política se concentre en abrir la mano en todo aquello que beneficie al pueblo cubano, pero no al gobierno castrista, como las remesas, el turismo, etc.

La lucha contra el narcotráfico

El narcotráfico ha sido un tema prácticamente ausente durante esta campaña, aunque ha reaparecido en el tramo final, con Trump erigido en el adalid de la mano dura frente a los cárteles y el crimen organizado, intentando presentar a su rival como blando. Trump ha afirmado que “la anterior Administración también negoció el terrible tratado Obama-Biden-Santos con los cárteles de droga colombianos, se rindieron ante los narcoterroristas e incrementaron la producción de drogas ilícitas. Bajo mi Administración trabajamos con nuestros pares colombianos para lanzar una histórica operación en contra de los traficantes de drogas y desde abril hemos incautado una impresionante cifra de 227 toneladas de narcóticos tóxicos”.

Trump ha tratado de deslegitimar a Biden, tanto por su presunta debilidad con las guerrillas y el narcotráfico como por estar financiado por la extrema izquierda latinoamericana (el colombiano Gustavo Petro), con vínculos con el terrorismo y el narcotráfico: “La anterior Administración se rindió ante los narcoterroristas… ¿Hay alguien de Colombia aquí? ¿Saben lo que pasa allá? Biden incluso ha recibido el respaldo del socialista Gustavo Petro. ¿Nada bien, cierto? Para nada un buen respaldo. Un ex miembro de la guerrilla M-19. No es un buen respaldo y él lo sabe”.

En este escenario, poco espacio queda para debates serios y técnicos sobre las drogas. Todo indica que, más allá de descalificaciones desmedidas propias de la campaña, Trump y Biden no alterarán sustancialmente la política antinarcóticos que, con escasas variaciones, se remonta a la época de Nixon. En 2016, cuando Biden se vio con Macri en Davos, una de las promesas que le hizo al entonces nuevo presidente fue intensificar la colaboración entre ambos gobiernos para combatir el narcotráfico.

La lucha por el voto hispano o latino

A corto plazo, el papel electoral más importante de lo latinoamericano se relaciona con el peso e importancia del heterogéneo voto hispano o latino. Los hispanos, primera minoría étnica de EEUU, son ya más de 60 millones, un 18% de la población. Pero, poco más de 30 millones podrán votar en noviembre, lo cual los convierte en la primera minoría electoral (el 13,3% del total), casi el doble que en 2000 cuando sólo eran el 7,4%. De México proviene la mayoría (61,9%), seguido de Puerto Rico (7%), Cuba (4%), El Salvador (3,9%) y República Dominicana (3,5%). Los venezolanos son los que más han crecido en los últimos años. Cinco estados reúnen a la mayor cantidad de votantes hispanos: California (casi 8 millones), Texas (5,6 millones), Florida (más de 3 millones), Nueva York (más de 2 millones) y Arizona (1,2 millones). En Nuevo México constituyen el grupo más numeroso habilitado para votar (43%) y en Florida son el 20% del total.

La abstención latina ha sido históricamente elevada. En las presidenciales de 2016, cuando se esperaba una fuerte participación, apenas votó el 47,6%. El techo sigue puesto en 2008: el 49,9%. Tradicionalmente, los hispanos han votado más demócrata que republicano, aunque estos han captado el voto cubano (anticastrista) y, últimamente, el venezolano (antichavista). El demócrata que más apoyo latino obtuvo fue Bill Clinton en 1996 (73%). En 2016, Hillary Clinton cosechó el 66% del voto latino, frente al 28% de Trump. Este sector de la población ha sido el más golpeado por el COVID-19, tanto en el terreno económico como en el sanitario. Según el Pew Research Center, casi un tercio de los contagios en EEUU se han dado dentro de la comunidad latina. Esto ha provocado que la pandemia se haya convertido en un tema central de la campaña para este sector de la población que ve de forma crítica la forma en la que se ha gestionado la crisis.

Trump y Biden han dedicado una parte importante de la campaña a cortejar a los hispanos. Uno de los ámbitos de esa lucha ha sido Florida, que elige 29 de los 270 votos electorales. Allí hay votantes con raíces en Cuba, Venezuela, Puerto Rico y República Dominicana y el voto latino representa un 20%, con un tercio de cubano-americanos. Por eso Trump ha centrado su mensaje en señalar que Biden encarna el “peligro socialista”, un mensaje dirigido a una comunidad (exilio venezolano y cubano) muy sensibilizada. En sus mítines y vídeos de campaña ha comparado a Biden con figuras de la izquierda latinoamericana, como Fidel Castro, Chávez y Maduro, e incluso le ha acusado de estar financiado por Petro.

Si Trump con su mensaje anti socialista busca el voto cubano y venezolano, Biden tiende puentes con el elector puertorriqueño y centroamericano, centrándose en temas sociales. Critica a Trump por su deficiente gestión del Huracán María en 2017 y ha ofrecido convertir a Puerto Rico en un nuevo estado de la Unión. Acompañado de figuras de la cultura latina, como Luis Fonsi, Eva Longoria, Ricky Martin, Lin-Manuel Miranda, Rita Moreno, John Leguizamo, Lila Downs y Adrián González, defendió a Puerto Rico y planteó un plan para reactivarlo. Dijo que Trump se ha olvidado de que “los puertorriqueños son ciudadanos estadounidenses”. Celebró en Kissimmee, una comunidad de mayoría puertorriqueña al sur de Orlando, el Mes de la Herencia Hispana, reconociendo la labor y el trabajo de los latinos y su integración en EEUU.

Una clave en Florida pasa por los votantes no cubanos. Estos, que hegemonizaron el voto hispano durante décadas, ahora sólo superan por poco a los no cubanos, con un 51% frente a un 49%, transformando a puertorriqueños, centroamericanos y sudamericanos en un semillero de votos. Por otro lado, la otrora homogeneidad característica de la comunidad cubano-americana se ha deteriorado con nuevas oleadas migratorias y los distintos lazos con familias y sociedad cubanas. La reacción de unos y otros frente a problemas concretos, como las remesas o los viajes a Cuba, así lo atestiguan.

Biden ha mandado guiños simbólicos a Centroamérica (al recordar, por ejemplo, la fecha de su independencia). Asimismo, ofrece reanudar la asistencia económica y apoyar a los emigrantes, asegurando que “siempre lucharé por la democracia y por aquellos que vienen a América a buscar una mejor vida… El exitoso futuro de nuestro país depende de que los hispanoamericanos tengan las oportunidades y las herramientas que necesitan para triunfar”. Incluso ha tratado de atraer el voto venezolano (antichavista y más cercano a Trump), ofreciendo concederles de inmediato un estatus de protección temporal.

La apuesta de Trump por movilizar el voto cubano y venezolano aventando el “peligro socialista” de Biden puede estar dando sus frutos frente a una estrategia más social del demócrata. La encuesta de la Universidad de Quinnipiac otorga a Trump una ventaja de dos puntos en el voto latino de Florida. Otro sondeo, de Marista Poll/NBC News, concede al actual presidente una ventaja de tres puntos. Un tercero, de Equis Research, apunta a que Biden ganaría el 37% del voto hispano frente al 53% de Trump. Biden, a quien otras encuestas dan una ventaja de un punto, confía en que el voto hispano resulte decisivo en otros estados clave como Texas o Arizona, donde está muy por delante. Allí, los hispanos, de origen más mexicano que cubano, suelen votar demócrata. Parece evidente que Biden, que ha privilegiado la conquista de estados como Wisconsin, Pensilvania y Míchigan, carece del arrastre de los Clinton sobre el voto latino: lo lidera por un margen de 20 puntos, cuando Clinton, hace cuatro años, ganó por 38 puntos.

Los gobiernos latinoamericanos ante el cambio/continuidad en la Casa Blanca

La continuidad de Trump o la llegada de Biden exigirán de los gobiernos latinoamericanos una reafirmación de su vínculo con Washington si Trump continúa en la Casa Blanca, o un nuevo posicionamiento en caso de un relevo. Sin embargo, cambio o continuidad afectarán de forma diferente a cada país, empezando por la relación con las dos potencias regionales, ambas gobernadas por presidentes populistas y heterodoxos (López Obrador y Bolsonaro).

López Obrador tiene una relación muy fluida con Trump, basada en el mutuo interés. López Obrador seguirá cultivándola con Trump y con Biden. Pero un nubarrón se alza en el horizonte: la IV Transformación de López Obrador. Tras las elecciones legislativas de medio término es probable que AMLO trate de acelerar el cambio institucional, avanzando en su proyecto más intervencionista en materias sensibles como la energía, donde las empresas estadounidenses tienen importantes intereses. Estas medidas, con independencia de quién mande en EEUU, provocarán tensiones. Pero López Obrador parece estar cómodo con Trump, como mostró en agosto en la Casa Blanca. Irónicamente, su relación con Biden podría ser más compleja en temas sensibles e icónicos para una Administración demócrata, como la agenda verde, el respeto al medio ambiente o los derechos laborales.

El presidente latinoamericano que más perdería con la derrota de Trump es Bolsonaro, su único aliado regional incondicional. Bolsonaro está bastante aislado, con serias diferencias con los presidentes de las diferentes “izquierdas”, en especial Alberto Fernández por no hablar de Maduro, mientras los de centroderecha no le ven muy confiable. Su vínculo con el exterior es Trump, aunque la relación no haya dado frutos concretos. Con Biden, ese nexo desaparecería, dando paso a una relación más tormentosa. Su negacionismo del cambio climático le haría colisionar con Biden y su agenda verde, de mayor peso y un fuerte contenido simbólico. De hecho, el presidente brasileño se enfrentó a Biden el 30 de septiembre, al calificar de “desastroso y gratuito” la petición de frenar la deforestación amazónica. Bolsonaro advirtió que esas declaraciones amenazan la “convivencia cordial” entre Brasil y EEUU.

La relación con Colombia no debería variar excesivamente. Duque es uno de los pocos aliados regionales sólidos de Trump, como se comprobó en el apoyo a Claver-Carone. La relación bilateral ha sido estrecha, aunque en Washington esta descansa en un fuerte componente bipartidista, especialmente en la lucha contra las guerrillas y el narcotráfico. El Plan Colombia fue impulsado por Clinton y respaldado posteriormente por gobiernos de ambos partidos. Duque, moderado y pragmático, seguirá teniendo hilo directo con la Casa Blanca, con uno u otro, si bien con Biden los Derechos Humanos tendrán mayor importancia. Los demócratas exigirán profundas reformas –como en la policía–, adecuando al país a los estándares internacionales. La decisión de Duque, apoyada por Trump, de fumigar los cultivos de coca con glifosato sería un obstáculo con los demócratas, que consideran que su uso atenta contra la naturaleza y amenaza la salud. De todas formas, una Administración demócrata deberá enfrentar un hecho innegable: el incremento de la producción de coca obliga a disminuir el énfasis en temas medioambientales para optar por mayor asistencia antinarcóticos y aparcar su rechazo a las fumigaciones.

Si Duque no tiene mucho que temer ante un cambio, el salvadoreño Nayib Bukele afronta una situación diferente. El antiguo miembro del FMLN (izquierda) ha protagonizado un giro a la derecha y se ha alineado con Trump. Si su vínculo con el gobierno republicano es fluido, con el Partido Demócrata es todo lo contrario. Un grupo de legisladores demócratas de ambas cámaras dirigió a Bukele una carta denunciando amenazas a la libertad de prensa y acoso a los opositores: “Hoy, escribimos para manifestar nuestra profunda preocupación por la creciente hostilidad de su gobierno hacia los medios independientes”.

Por eso son importantes para Bukele las elecciones legislativas de febrero, con el fin de obtener una mayoría en la Asamblea y diseñar un nuevo marco institucional. Bukele sabe que con Biden se acabaría el cheque en blanco que hasta ahora le ha dado Washington, o al menos se reduciría su margen de acción. Mari Carmen Aponte, exembajadora en El Salvador y subsecretaria de Estado para Asuntos Hemisféricos con Obama, ha advertido a Bukele que Biden reaccionaría ante sus excesos: “Creo que el presidente Bukele debe pensar que puede haber un cambio y la próxima Administración no será tan pasiva y va a ser más exigente en cómo podemos trabajar juntos, siempre de una forma positiva. He visto con interés que él viaja a Washington, eso es maravilloso, pero creo que en Washington le van a hacer algunas preguntas difíciles y debe estar preparado”.

En la Venezuela de Nicolás Maduro resistir es vencer, como en la Cuba de Fidel Castro. Trump es funcional al régimen chavista, que se fortalece internamente con sus salidas de tono e incluso con las sanciones, hasta ahora incapaces de socavar el poder de Maduro. La “vía Capriles”, que de sobrevivir sería explotada más por Biden que por Trump, podría transformarse en una amenaza mayor que la estrategia del enfrentamiento vigente hasta ahora. Biden no rebajaría las sanciones, que ya no serían un fin en sí mismo, como con Trump, sino una herramienta para la democratización. Sin embargo, tanto Venezuela como Cuba tienen larga experiencia para abortar salidas consensuadas a la crisis venezolana. Los asuntos venezolanos y cubanos están entrelazados y ambos regímenes, ahogados económicamente, necesitan cierta apertura internacional, lo cual conlleva concesiones a Washington. Con Cuba, una nueva Administración republicana estaría signada por el continuismo y una demócrata no sería simplemente el regreso a los tiempos de Obama.

Para otros países el cambio no supondría grandes transformaciones. Con la Argentina kirchnerista la relación actual es fría y aunque una Administración demócrata podría parecer que acercaría a las casas Blanca y Rosada, la realidad es que cuando Obama y Cristina Kirchner coincidieron como presidentes abundaron los roces, los malentendidos y hasta alguna crisis diplomática.

Conclusiones

En estas elecciones presidenciales, América Latina se juega mucho según haya continuidad o cambio en la Casa Blanca. Si bien es verdad que el triunfo de Biden no convertirá a la región en un tema prioritario, no es menos cierto que una nueva Administración cambiaría el fondo, las formas y hasta el enfoque del vínculo con los países latinoamericanos.

La reelección de Trump reforzaría el papel de América Latina sólo como un elemento más de su estrategia general centrada en frenar el avance de China. Más allá de esta política de contención del “peligro chino”, Trump seguirá sin tener una estrategia global hacia la región, porque su apuesta pasa por las relaciones bilaterales con determinados países como México, Brasil o Colombia. Si bien el objetivo aparente de Trump seguiría siendo acabar con el régimen de Venezuela y, por ende, profundizar el aislamiento de Cuba, la vía de la negociación con Maduro para encontrar una salida a la crisis no puede descartarse.

Más allá de estas apuestas e iniciativas concretas, como el apoyo a Duque, en especial en su relación con Venezuela, y el intento de construir una fluida e intensa relación con Bolsonaro (a quien algunos ven como “el Trump tropical”), lo que deja el primer gobierno de Trump es una sucesión de amenazas a países, desplantes a gobiernos y escasa empatía con lo latinoamericano, lo que se traduce en una clara pérdida de “poder blando” estadounidense en toda la región.

Una Administración demócrata en la Casa Blanca introduciría cambios tanto en la forma como en el fondo, así como en el enfoque de la relación hemisférica. En las formas se pasaría del tono bronco y unidireccional de Trump a otro donde prime la búsqueda de consensos como herramienta para transformar el fondo de una relación basada más en el multilateralismo. Un nuevo enfoque que hunde sus raíces en el periodo de Obama, cuando Biden, como vicepresidente, actuaba como una especie de coordinador de las políticas de Washington para Latinoamérica.

De todas formas, un triunfo de Biden no supondría para América Latina un papel protagónico en la agenda de su gobierno. Su Administración se centraría de forma prioritaria en la recuperación económica tras la pandemia, fomentar la producción nacional e impulsar el pleno empleo. Las expectativas en un triunfo de Biden deberán considerar que, al menos, en los dos primeros años la reconstrucción interna consumirá la mayoría de los recursos y de la energía disponibles. De hecho, que su prioridad es la reconstrucción más que el fomento del comercio mundial y dice que si es elegido se centrará en reconstruir “la producción y la innovación en EEUU”. Los subtítulos de su plan económico giran en torno al “Compre en América”, “Fabrique en América”, “Innove en América”, “Invierta en América” o “Defienda América”. Luego podrán venir ciertos cambios, pero para ello los demócratas deberán abandonar algunos preconceptos sobre América Latina.

Tampoco debería variar en exceso la relación con China. La tensión con China en América Latina se mantendría e incluso incrementaría con los demócratas. De hecho, estos tienen una política más basada en principios (como la defensa de las minorías: los uigures) y menos transaccional que Trump (menos dispuesto a aceptar cualquier cosa a cambio de un acuerdo agrícola para ganar el voto de los agricultores del Medio Oeste). Una victoria de Biden no mejoraría la relación y muchos países latinoamericanos se verían obligados a tener que escoger bando.

Pese al cambio de tono y estilo que representa Biden, las fricciones entre EEUU y América Latina no van a desaparecer con su presencia en la Casa Blanca. Históricamente, los demócratas han sido menos propicios al libre comercio, se han mostrado más críticos con las condiciones laborales más allá del Río Bravo –sobre todo en México– y, ahora –con un mayor peso de la izquierda dentro del partido–, hacen especial hincapié en la defensa del medio ambiente y de los Derechos Humanos, ámbitos donde muchos países latinoamericanos arrastran importantes déficit y carencias.

Más allá de los cálculos de cada presidente en torno a sus simpatías personales o a las ventajas que podría obtener de una victoria de uno u otro, América Latina se juega mucho en este envite. Para comenzar, a partir de 2021 y coincidiendo con el mandato de la nueva Administración, prácticamente todos los países de la región elegirán presidente, en unos comicios marcados por los efectos de la pandemia y sus secuelas sociales, políticas y económicas. También por el intenso proceso de reconstrucción que seguirá. Llegado el momento, ¿cuánto dedicará la nueva Administración a solucionar sus problemas internos y cuánto estará dispuesto a apoyar a sus tradicionales aliados hemisféricos? Y, a su vez, ¿cuánta energía invertirán los gobiernos latinoamericanos para recomponer una relación en pie de igualdad que resulte vital para sus intereses? Para responder a estas preguntas la identidad del ganador de la elección del 3 de noviembre no es algo trivial.

Si bien en cierto que existe cierta euforia por el cambio que podría representar la victoria demócrata, sería importante rebajar las expectativas. Como señala Michael Shifter, “básicamente, uno esperaría un gran esfuerzo para revivir el multilateralismo, pero creo que deberíamos tener aspiraciones más modestas para Biden”. A medio plazo, América Latina podría requerir mayor atención por EEUU debido a dos circunstancias:

  • Las consecuencias de la crisis del COVID-19 en la región, que finalmente afectan directamente a EEUU. La idea de que Washington va a poder seguir ignorando a la región será cada vez más remota, especialmente si estallan crisis de gobernabilidad y protestas sociales en los próximos años. América Latina, que ya las vivió a finales de 2019, será un foco de atención creciente al ser más conflictiva, una realidad que tendrá que aceptar gradualmente cualquier Administración.
  • La creciente presencia geopolítica, económica y financiera china en América Latina será un incentivo para que tanto Biden como Trump presten más atención a una región que busca inversiones y apoyo para la reconstrucción post pandemia. Unos recursos que si no son cubiertos por EEUU y los organismos internacionales (FMI, Banco Mundial, BID o CAF) abrirían de par en par la puerta a un incremento sustantivo de la penetración y, por ende, a la influencia de una China cada vez más activa en la región.

Carlos Malamud – Investigador principal, Real Instituto Elcano

Hugo Amanque Chaiña


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