La Proclamación de la Independencia del Perú de 1821

Hugo Amanque Chaiñajulio 23, 20259min0
Hugo Amanque Chaiñajulio 23, 20259min0

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La Proclamación de la Independencia del Perú de 1821

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El 12 de julio de 1821 fue un día memorable para los limeños, porque marcó la entrada del general José de San Martín a la capital del virreinato peruano. En el relato de Basil Hall, oficial de la marina inglesa, se hace evidente el intento de San Martín por pasar desapercibido ante una población a la cual intentaba atraer con su sencillez y espíritu republicano.

Antes de ocupar el Palacio de Gobierno, el vencedor de Chacabuco y Maipú se hospedó en el cuartel general del ejército expedicionario, afuera de las murallas de la ciudad, sobre el camino del Callao. Ahí fueron a presentar sus respetos personas de toda condición social. Hall anota que vio padres con sus niños en brazos visitando al militar para agradecerle su esfuerzo de liberar al Perú del yugo colonial.

El oficial inglés también dio cuenta en su crónica de la existencia de una avanzada patriota de montoneros. “Hombres agrestes, de apariencia audaz”, vestidos con gorros cónicos de cuero y capas de tela de frazada, mostrando el “bellísimo ideal del guerrillero” que era parte del espíritu libertario, así como de la vanguardia armada del general San Martín.

La independencia del Perú debe ser entendida como un proceso que tiene un antecedente cercano en la Revolución del Cusco (1814), y donde la proclamación del 28 de julio en Lima no es más que una parada en un largo camino hacia la emancipación.

Nada menos que un ritual —posterior a la aprobación del acta independentista por el cabildo del 15 de julio— indispensable en la consecución de una libertad que se consolidó en Ayacucho (1824). Debido a que San Martín y sus aliados peruanos entendieron que los ideales patrióticos debían ritualizarse, fueron programadas una serie de ceremonias para la declaración oficial de la independencia en la sede de la capital virreinal.

Algunos de los testigos del magno evento —entre los que destacan miembros de la nobleza, del ayuntamiento, de la academia y de la corporación militar, además del “pueblo” expectante— señalaron que las tropas se formaron en la plaza Mayor, en cuyo centro se ubicó un tabladillo.

Fue en ese escenario donde San Martín desplegó por primera vez la bandera bicolor haciendo resonar sus palabras en la hermosa plaza: “Desde este momento el Perú es libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende”.

Batiendo la bandera peruana y en medio del repique de las campanas de la catedral de Lima, el futuro Protector culminó su arenga con estas palabras: “Viva la independencia! ¡Viva la libertad! ¡Viva la patria!”, las mismas que fueron repetidas al unísono por una multitud enfervorizada.

Desde el tabladillo en que se encontraba la comitiva oficial e incluso desde los balcones del antiguo palacio de los virreyes, se lanzaron medallas de plata acuñadas para la ocasión y alusivas a la patria que iniciaba su vida independiente.

Estas ostentaban inscripciones referentes a un acto que marcó un antes y un después en la política peruana: en el reverso se podía leer “Lima libre juró su independencia, en 28 de julio de 1821” y en el anverso, “Bajo la protección del ejército Libertador del Perú, mandado por San Martín”.

La emotiva ceremonia, en donde no faltaron salvas de cañonazos, premiaciones por los servicios prestados y algunas lágrimas de la concurrencia, así como multitud de dudas entre las elites, fue repetida en puntos importantes de la ciudad capital. La finalidad fue asociar a toda la población a un hito en la historia política y cultural de la antigua ciudad virreinal.

La ruptura de casi trescientos años de historia colonial, que, de acuerdo con San Martín, el pueblo peruano debió “soportar sus míseras y pesadas cadenas”, fue celebrado por todo lo alto. Y ello ocurrió no solo en las calles. Lord Cochrane fue recibido de manera oficial en el antiguo palacio de virreyes, donde se hicieron numerosos brindis por la liberación del Perú y América.

El ayuntamiento (Municipalidad) invitó, asimismo, a los presentes en el ceremonial matinal a disfrutar en la tarde de música y aperitivos. El 29 de julio, y con la asistencia del arzobispo de Lima, Bartolomé de las Heras, se entonó él Te Deum y se celebró una misa cantada en la catedral. Luego de terminada la ceremonia, en la cual participó un fraile franciscano, los jefes de varias dependencias de gobierno se reunieron en Palacio de Gobierno y juraron por Dios y por la patria, defender la independencia del Perú.

El juramento fue firmado por los habitantes de la ciudad hasta llegar a las cuatro mil firmas, con un «pueblo» muy entusiasmado, también, por firmar y así participar. A partir de ello, se publicó una gaceta extraordinaria que circuló por todo el Perú para publicitar lo ocurrido en Lima y reforzar el espíritu patriótico, más aún con las fuerzas españolas estacionadas en la sierra. Como fin de fiesta, San Martín ofreció un baile en Palacio que, de acuerdo con Hall, el Protector disfrutó muchísimo hacienda gala de extraordinaria “soltura y amabilidad”.

La independencia del Perú fue un capítulo fundamental en las guerras de independencia americanas. Ciertamente, sin la liberación del más importante virreinato sudamericano, la libertad de la región corría serio peligro. Luego de un par de años de la batalla de Ayacucho, que selló militarmente la independencia peruana y sudamericana, los reductos realistas del Callao y Chiloé cayeron en manos patriotas (1826), pero no será hasta 1836 cuando España finalmente renuncie a todos sus dominios en América, exceptuando Cuba y Puerto Rico.

Es en ese momento que la separación puede verse como un hecho consumado. Y si bien es cierto que la independencia fue un suceso estrictamente político, la población de la costa, sierra y selva la irá socializando mediante el vocabulario (justicia, igualdad, ciudadanía) y una praxis revolucionaria que se repetirá a lo largo del siglo XX.

Porque si bien es cierto que el indígena consiguió, en teoría, la ciudadanía en el mismo nacimiento de la República del Perú, la esclavitud continuó hasta la abolición, con apoyo liberal, el 3 de diciembre de 1854. Fue en esa fecha cuando se concretó el anhelo social de la independencia que, con su discurso libertario, ilusionó a miles de peruanos y peruanas a lo largo y ancho del Perú.

Lo que cabe anotar es que tanto el racismo y la desigualdad como la fragilidad institucional no permitieron instalar una república inclusiva y democrática, la cual finalmente empezó a aparecer en las luchas sociales, especialmente por la propiedad de la tierra y el derecho al voto, en el convulsionado siglo XX.

Carmen Mc Evoy – Historiadora de la PUCP – BCR.

 Foto ANDINA 

Hugo Amanque Chaiña


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