Leones frente a Atilas: o el lugar de lo sagrado en la vida pública

Hace algunos años, Stacey y Juan Floyd-Thomas, junto a Mark Toulouse, publicaron un libro de título provocador: Los altares donde adoramos: el significado religioso de la cultura popular. La intuición de fondo era simple, pero poderosa: a pesar del avance de la secularización, muchas sociedades contemporáneas no habían dejado de practicar diversos cultos; más bien habían multiplicado los lugares donde solían llevarse a cabo. Los autores no pensaban únicamente en templos, sinagogas o mezquitas, sino en espacios —físicos y virtuales— donde se invierte tiempo y dinero, se ejercita cierta disciplina y se alimenta el deseo y el sentido de pertenencia.
Su propuesta identificaba seis grandes “altares” de la cultura contemporánea: el cuerpo y la sexualidad, el gran capital, el entretenimiento, la política, el deporte, y la ciencia y la tecnología. Si bien la lista puede discutirse, tenía una gran virtud: permitía mirar con un renovado enfoque prácticas que solemos considerar no religiosas. Según los autores, allí donde una sociedad deposita sus energías más intensas, sus esperanzas por un futuro mejor, sus relatos de éxito y sus formas de adhesión incondicional, algo parecido a lo sagrado vuelve a aflorar, aunque no utilice un lenguaje tradicionalmente religioso.
Diez años después de aquella publicación, uno de aquellos altares parece haber ganado una preponderancia difícil de ignorar: la política. En muchos contextos, ya no se presenta como espacio de deliberación, disputa programática o ejercicio legítimo del poder, sino como lugar de proselitismo, barómetro de moralidad y reclamos de obediencia acrítica. Los líderes políticos se presentan con tipologías mesiánicas, como restauradores del orden y herramientas providenciales.
Desde esa clave, la tensión reciente entre Donald Trump y el papa León XIV resulta algo más que una controversia entre dos figuras públicas. En las últimas semanas la prensa ha recogido ataques del presidente de los Estados Unidos al pontífice, llamó “débil ante la delincuencia” (“weak on crime”) y “pésimo para los asuntos exteriores” (“terrible for foreign policy”).
Trump utilizó su plataforma Truth para, paradójicamente, esparcir fake news en la tecnosfera. A ello se sumó el cuestionamiento de J. D. Vance, primer vicepresidente y converso católico, a la autoridad teológica del papa. Este gesto desafortunado desde cualquier punto de vista bien podría describirse como “una especie de imbecilidad transitoria”, para utilizar las palabras que Ortega y Gasset reservaba al enamoramiento.
Lo llamativo no es que un gobernante discrepe de un papa (o viceversa), aunque esto no haya sido frecuente en la historia contemporánea del papado y pueda incluso leerse como un signo saludable. Lo inquietante es que como gesto de fondo se trasluzca una política que se arroga el derecho de corregir, intentar domesticar o querer desautorizar cualquier palabra que no se pliegue a su propio discurso, en particular en lo que respecta a la legitimación de la violencia en conflictos recientes, incluido el caso de Irán.
León XIV no ha respondido desde la confrontación. Su reciente viaje apostólico a Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial, del 13 al 23 de abril de 2026, confirmó la política de los “pequeños pasos”, pero firmes, que ha caracterizado a la diplomacia vaticana moderna. Dejando en claro que no hay temor de parte de la Iglesia: “No tengo miedo ni de la administración Trump ni de levantar la voz para anunciar el mensaje del Evangelio”. Su palabra insiste en la paz, la justicia, la dignidad humana y la crítica a toda violencia ejercida contra inocentes.
En Angola y Guinea Ecuatorial, además, denunció la explotación, la desigualdad y las formas autoritarias de poder que convierten la riqueza de los pueblos en botín de unos pocos. El mensaje es claro: tanto la administración Trump como el propio pontificado de Prevost pasarán; hay, sin embargo, luchas más hondas que la humanidad no puede eludir. Son luchas que no requieren armas.
La escena remite a un motivo bien conocido en la memoria cristiana. Según la tradición, León Magno salió al encuentro de Atila en el año 452 y logró evitar el avance de los pueblos bárbaros sobre Roma. No conservamos una frase fidedigna pronunciada por el papa en aquel encuentro; pero aquel encuentro verosímil quedó grabado en el imaginario cristiano por siglos y volvería a serlo gracias especialmente a Rafael en el Renacimiento: una autoridad desarmada que se planta ante la violencia y le recuerda que también el poder más temible tiene un límite.
No hay que forzar el paralelismo. León XIV no enfrenta a Atila en las puertas de Roma. Pero sí parece plantarse, sin teatralidad, ante los nuevos Atilas de nuestro tiempo: liderazgos que hacen de la intimidación una forma de gobierno, de la mentira una herramienta y de la invocación religiosa una coartada. En una entrevista reciente, León ha recordado —con un brillo apenas contenido— a un niño musulmán que lo recibió en el Líbano y le regaló una estampita que aún conserva; ese niño fue luego una de las víctimas inocentes de la guerra. Y acaso el disparador de la renovada energía del papa. Su fuerza no proviene del volumen de la voz, sino de una capacidad de destilar humanidad, algo que otros gobernantes parecen despreciar, quizá no del todo inconscientes de sus propias carencias.
También por eso importa que el papa evite reducir la Iglesia a una agenda monotemática. En un escenario donde tantos debates eclesiales parecen quedar encerrados en cuestiones de moral sexual, León XIV ha vuelto a colocar en el centro asuntos que no admiten aplazamiento: guerra, pobreza, migraciones, pena de muerte, desigualdad y dignidad humana.
La disputa, entonces, no es simplemente entre Trump y un papa estadounidense. Es una disputa por el lugar de lo sagrado en la vida pública. De un lado, una política que exige devoción, reclama fidelidad y castiga la disidencia. Del otro, una palabra religiosa que, cuando es fiel a sí misma, no bendice cualquier poder, sino que lo mide a la luz de los pobres, los inocentes y las víctimas.
En nuestro país, el debate sobre la guerra ha reaparecido a propósito de la adquisición de una nueva flota de aviones con fines disuasivos. El costo, escandalosamente elevado, podría comprometer políticas públicas esenciales en educación, salud, vivienda y condiciones mínimas de vida para las futuras generaciones. En este punto se echa de menos una palabra profética, pero también un debate maduro, técnico y ético sobre las prioridades del gasto público.
La Iglesia, se ha dicho muchas veces, es experta en humanidad. Quizá habría que añadir que dos mil años de historia han hecho de ella también una experta en crisis. No porque tenga recetas mágicas para sobreponerse a ellas, sino porque ha aprendido —con dolor y no pocas veces tarde— que el poder, cuando se ejerce sin cortapisa, termina por volverse contra aquello que estaba llamado a defender. Frente a los nuevos Atilas, queda aquella vieja lección. Después de todo, incluso el jefe de los hunos, por razones aún discutidas, habría reculado a las puertas de Roma.
Carlos Piccone Camere – Profesor de Teología de la PUCP. IDHPUCP
Foto Clara Inés Chaves




