La Unión Europea pierde en Irán sus valores fundacionales

Hugo Amanque Chaiñamarzo 6, 202610min0
Hugo Amanque Chaiñamarzo 6, 202610min0

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La Unión Europea pierde en Irán sus valores fundacionales

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La decisión unilateral y no provocada de Estados Unidos e Israel de lanzar una guerra de elección contra Irán sitúa a la Unión Europea ante una encrucijada histórica que trasciende el escenario regional. No se trata únicamente de una nueva escalada en Oriente Medio, una región estructuralmente inestable y atravesada por conflictos superpuestos. Estamos ante un punto de inflexión que interpela directamente al núcleo normativo del proyecto europeo. La UE nació como comunidad de derecho, como respuesta política a la devastación bélica del siglo XX, asentada sobre la premisa de que la fuerza debía quedar subordinada a la norma. Hoy, ese principio aparece erosionado por la posición europea mayoritaria, con la excepción de España, ante una intervención militar que no cuenta con mandato del Consejo de Seguridad y que ha desbordado las vías diplomáticas.

La reacción de las instituciones comunitarias ha sido reveladora. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha apelado a la desescalada y a la estabilidad regional, al tiempo que reiteraba el derecho de Israel a defenderse. Esta fórmula, que en otros contextos podía interpretarse como equilibrio diplomático, adquiere aquí otro significado. Evita pronunciarse con claridad sobre la legalidad de la acción y desplaza el eje del debate hacia la seguridad entendida en términos estratégicos.

La alta representante, Kaja Kallas, ha insistido en la necesidad de evitar una conflagración regional que afecte directamente al marco europeo. Sin embargo, tampoco desde el Servicio Europeo de Acción Exterior se ha articulado una iniciativa autónoma que reivindique el papel de Naciones Unidas o que cuestione abiertamente la ruptura del marco jurídico internacional. El silencio sobre la ilegalidad no es neutral, sino que contribuye a normalizarla.

Especialmente significativo resulta el giro alemán bajo el canciller Friedrich Merz. Alemania fue pieza clave en la negociación del Plan de Acción Integral Conjunto, un acuerdo que demostró que la diplomacia multilateral podía contener riesgos nucleares sin recurrir a la fuerza. Berlín defendió entonces con firmeza la vía negociada y la centralidad del derecho internacional. Hoy, las declaraciones del canciller, comprensivas con la intervención y carentes de una condena clara, no solo relegan al olvido aquel éxito diplomático en el que Alemania desempeñó un papel loable, sino que envían un mensaje inquietante en términos de coherencia normativa. Si se acepta que una potencia puede recurrir a la fuerza sin mandato internacional cuando lo considera oportuno, ¿con qué autoridad se condena la agresión rusa en Ucrania?

La erosión de la norma es siempre bidireccional y abre espacios de legitimación para otros revisionismos. El mensaje retórico de Merz, más allá de las implicaciones para Oriente Medio, ofrece una peligrosa luz verde a quienes cuestionan el orden jurídico europeo e incluso legitima otras tentaciones expansionistas bajo la lógica del poder.

El comunicado conjunto del E3 (Alemania, Francia y Reino Unido) confirma esta deriva. Los tres países que impulsaron el acuerdo nuclear con Irán y que reivindicaron durante años la autonomía estratégica europea se alinean ahora con la posición estadounidense. No estamos ante una Europa desorientada o fragmentada. Estamos ante una Europa que parece haber asumido que su lugar es acompañar decisiones tomadas en Washington, incluso cuando suponen una quiebra del derecho internacional. Se ha pasado del vasallaje retórico y del apaciguamiento prudente a un paso más profundo, el sostenimiento político de una intervención que erosiona el régimen multilateral liberal.

La paradoja es profunda. Son dos democracias liberales (aunque en crisis y retroceso evidente) las que impulsan una guerra de elección no forzada, trascendiendo los cauces diplomáticos. Y otras democracias europeas se suman, directa o indirectamente, a esa iniciativa. Si el orden liberal se definía por la sujeción voluntaria de las democracias a reglas comunes, lo que observamos es la progresiva desvinculación de esas reglas cuando resultan inconvenientes. El régimen multilateral no se derrumba únicamente por la acción de potencias autoritarias; también se vacía desde dentro cuando quienes lo sustentan dejan de respetarlo.

La alineación europea abre además un escenario de incertidumbre estratégica mucho mayor. El presidente Emmanuel Macron ha planteado por primera vez de manera explícita la posibilidad de una disuasión nuclear ampliada en cooperación con socios como Polonia, Países Bajos, Dinamarca, Bélgica o Suecia. En paralelo, Gabriel Attal ha afirmado que Naciones Unidas se ha convertido en un mero actor humanitario y climático, incapaz de prevenir conflictos, por lo que habría que imaginar nuevas formas de gobernanza. Estas declaraciones, para nada anecdóticas, anticipan una Europa que asume el lenguaje del poder y de la disuasión como eje central de su política exterior. La guerra contra Irán, lejos de frenar la proliferación, abre la ventana de oportunidad que acelera una carrera armamentística que ya no se limita al plano convencional.

Tampoco puede obviarse la dimensión económica. En una región estratégica para el suministro energético, los intereses de compañías como TotalEnergies o BP están en juego, al igual que la proyección internacional de la industria militar europea con sistemas como el Rafale. Cuando la defensa de estos intereses se superpone a la defensa del derecho internacional, la UE se aleja de su relato fundacional. La priorización de la seguridad energética o de la competitividad industrial puede ser comprensible desde una lógica realista. Lo problemático es que esa lógica sustituya completamente a la norma.

Mientras tanto, la dinámica en Oriente Medio avanza de manera descontrolada en una región altamente inflamable, cuyas derivadas migratorias, energéticas y de seguridad impactarán inevitablemente en territorio europeo; lo hemos visto ya con el ataque a la base británica de Akrotiri en territorio chipriota, actual presidencia rotatoria del Consejo de la UE. La implicación de Francia y el Reino Unido, con presencia militar en la zona, sitúa a todos los europeos al borde de una guerra que no solo es ilegal y no provocada, sino que responde a objetivos estratégicos concretos orientados a reconfigurar equilibrios regionales y el control de recursos clave.

En última instancia, no se habla de si Europa tiene la capacidad militar suficiente ni si puede adaptarse a un mundo más competitivo. La cuestión es si está dispuesta a renunciar a aquello que la definió como proyecto político, la convicción de que el derecho internacional y el régimen de derechos humanos no son accesorios, sino el fundamento mismo de su existencia. Si la Unión Europea asume que la fuerza prevalece sobre la norma cuando conviene a sus aliados, habrá dejado de ser un actor normativo para convertirse en un actor más en la lógica descarnada del poder. Y esa sería, más que una crisis coyuntural, una renuncia estructural a su hecho fundacional.

Ruth Ferrero Turrión – Profesora Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid – España – Agenda Pública

Foto El Imparcial

Hugo Amanque Chaiña


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