Aldo Mariátegui: La vergüenza del apellido

Aldo Mariátegui vuelve a exhibir esa vieja enfermedad de cierta derecha peruana: la incapacidad histórica de comprender al Perú profundo. Desde la comodidad clasista de los micrófonos limeños, pretende reducir la cosmovisión andina a simples “mitos” que deben ser extirpados en nombre de una modernidad importada y profundamente colonial.
No es una postura nueva; es la misma arrogancia civilizatoria que desde la invasión española consideró bárbaro todo aquello que no pudiera traducirse en dinero, propiedad o rentabilidad extractiva.
El problema de Aldo Mariátegui no es solo político; es también sociológico y antropológico. Representa a esa élite criolla desconectada de la memoria colectiva del país, incapaz de entender que para el mundo andino la tierra no es mercancía, sino comunidad; que las lagunas no son “charcos improductivos”, sino parte de una relación espiritual y material con la vida.
Esa visión no es ignorancia: es una forma distinta de concebir la existencia humana frente a la naturaleza. Precisamente allí radica el abismo histórico que María Rostworowski describía entre el pensamiento andino y el criterio colonial occidental.
Mientras Europa recién descubre discursos ecológicos y sostenibilidad ambiental, los pueblos andinos llevan siglos entendiendo que la naturaleza tiene equilibrio, reciprocidad y sentido colectivo. Pero personajes como Aldo Mariátegui continúan atrapados en el viejo catecismo neoliberal de la CONFIEP: convertir montañas en balances financieros y reducir culturas enteras a obstáculos para la inversión.
Su discurso revela además una profunda herencia colonial interna: el desprecio al indígena como sujeto pensante. En el fondo, no critica “mitos”; critica que existan peruanos que no se arrodillen ante la lógica del mercado. Esa es la tragedia intelectual de cierta derecha peruana: habla de libertad mientras exige uniformidad cultural; habla de progreso mientras desprecia la memoria histórica de millones.
La ironía final es brutal. Lleva el apellido Mariátegui, pero terminó convertido en todo lo contrario del pensamiento crítico de José Carlos Mariátegui. Donde su abuelo buscó comprender al indígena y al Perú real, Aldo apenas logra caricaturizarlo desde el resentimiento elitista y el servilismo mediático.
Y así, entre editoriales inflamadas y poses de intelectual de cafetín empresarial, terminó siendo no el heredero de un legado histórico, sino la oveja negra que cambió la reflexión social por el aplauso fácil de los directorios empresariales. Un bufón de la derecha que confunde ignorancia con modernidad y soberbia con pensamiento.
Javier Cardenas Barturen
Foto Caretas




