El maestro Sergio Nieves Núñez

En 1994, en el segundo piso de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de San Agustín, en la avenida Venezuela, Sergio Nieves Núñez convertía una clase de Derecho Penal en una ceremonia de arte e inteligencia. No entraba al aula para repetir artículos ni para domesticar conceptos en fórmulas previsibles. Entraba para encenderlos. Bastaba que iniciara su relato, con esa voz serena, elegante y casi hipnótica, para que el salón quedara suspendido como si alguien hubiera detenido el reloj de la Facultad.
Aquella vez narró el caso de un aprendiz de arriero, vejado por un viejo arriero rudo en un paraje despoblado. El joven no reaccionó en el instante de la afrenta. Continuó el camino, como quien lleva una herida todavía sin nombre, hasta que, ya cerca de una población, tomó conciencia de la magnitud de lo sufrido. Entonces aparecía la enseñanza penal: no toda reacción humana nace al compás frío del cronómetro jurídico; hay agravios que primero paralizan, luego arden y solo después alcanzan plena claridad en la conciencia. Sergio Nieves llamaba a ese fenómeno, con expresión inolvidable, una especie de “corto circuito” cerebral, una grave alteración de la conciencia como eximente de responsabilidad
Lo admirable era la forma en que unía el relato con la categoría jurídica. La exculpación dejaba de ser una palabra enterrada en el manual y se volvía una pregunta viva sobre la culpabilidad, la conciencia y los límites de la exigibilidad. Su narración no llevaba al Derecho Penal fuera de la dogmática; lo conducía hacia su centro más humano. Allí el caso no era simple anécdota, sino camino de ingreso a una comprensión más fina del juicio penal.
El silencio del aula tenía algo de templo antiguo. Se escuchaba hasta el zumbido de una mosca impertinente, perdida en un recinto que por unos minutos parecía reservado a los dioses menores de la academia. Nadie quería moverse. Nadie quería romper el encanto. El maestro hablaba casi en susurro, y precisamente por eso todos escuchaban como si cada palabra estuviera sostenida por un hilo de oro.
Cuando terminaba la clase, salíamos con la extraña sensación de haber vuelto de otro mundo. El pasillo, la escalera, la avenida Venezuela y el ruido ordinario de la universidad parecían demasiado pobres frente a lo que acabábamos de presenciar. Después venía el regreso al compás cansino de los exegetas del derecho, a quienes creían que enseñar era repetir el Código con solemnidad funcionarial. Pero algo ya había quedado fijado para siempre: el Derecho Penal podía pensarse, narrarse y enseñarse con profundidad, belleza y rigor.
Por eso Sergio Nieves Núñez no pertenece solo al recuerdo afectuoso de sus alumnos. Pertenece a una época de oro de la Facultad de Derecho de la UNSA, una época en la que algunos maestros no dictaban clases: abrían mundos. Y quienes estuvimos allí sabemos que no exageramos al decirlo. Cuando él empezaba a narrar, el aula respiraba distinto; cuando conectaba el caso con la exculpación, la dogmática cobraba vida; y cuando terminaba, uno salía con la certeza de haber escuchado a un verdadero maestro.
Dr. Celis Mendoza Ayma – Magistrado y Docente Universitario
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