La mirada y los ojos del juez

Hugo Amanque Chaiñajulio 4, 20254min0
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La mirada y los ojos del juez

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Tras la jornada en los despachos judiciales, sostuve una conversación telefónica breve pero profundamente ilustrativa con mi amigo y colega, el juez superior Rómulo Carcausto, de la Corte Superior de Justicia Especializada. En medio del trajín cotidiano, sus palabras fueron una pausa serena y reflexiva, bajando el volumen del mundo para pensar con claridad.

—Mira, Celis —me dijo con calma y gravedad—, los jueces tenemos dos ojos. No uno, dos. Uno es el ojo de la legalidad. Es el que utilizamos para aplicar la norma penal en su dimensión estricta, cuando impone un mandato o una prohibición. Ese ojo nos recuerda que no somos legisladores, sino aplicadores de la ley.

Una breve pausa, y con la misma lucidez añadió:

—Pero el otro ojo, Celis, es aún más importante. Es el de la favorabilidad (conceptuaba el principio pro libertatis). Es el que debemos tener siempre despierto para detectar cualquier resquicio que favorezca al reo, cualquier interpretación que se incline por la libertad antes que por la restricción. Ese es el ojo verdaderamente constitucional. El que nos vincula con el artículo 139, inciso 9, de la Constitución, y con ese mandato del Título Preliminar del Código Procesal Penal que muchos citan, pero pocos practican.

No era una exposición doctrinaria, ni un discurso académico. Era algo mejor, una imagen viva. Una enseñanza en el lenguaje de lo claro, una metáfora precisa en tiempos de confusión normativa. Y, sin proponérselo, Rómulo me dio una lección de didáctica jurídica, que difícilmente se encuentra en los manuales.

—Lo que nunca debemos hacer, —remató—, es cerrar el ojo de la favorabilidad (lo entendí como el principio pro hómini). Nunca. Porque, así como el ojo de la legalidad es para aplicar, el otro es para proteger. Y si algún día ejercemos el control difuso, solo debe ser para favorecer al reo. Jamás en su contra. Esa es la línea. No cruzarla es lo que nos mantiene del lado del Derecho y no del poder desnudo.

Guardé silencio unos segundos. La frase flotó con la dignidad que merecía. En un tiempo en que el Derecho se vuelve cada vez más maleable, donde las resoluciones a veces se moldean por coyuntura antes que, por convicción, lo que me dijo Rómulo fue un recordatorio firme: el juez debe ver con ambos ojos. Con uno, cumplir la ley. Con el otro, hacer justicia.

Y mientras guardaba el celular, pensé que conversaciones como esa -sobrias, ilustradas, honestas- son las que mantienen viva la vocación de juzgar con humanidad. En el fondo, la judicatura no es más que ese ejercicio continuo de equilibrio: ver sin dejar de mirar. Pensar sin dejar de sentir. Aplicar sin dejar de comprender.

Y para eso, como bien dice Rómulo, hay que tener ambos ojos abiertos.

Celis Mendoza Ayma – Juez y Docente Universitario

Hugo Amanque Chaiña


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