Trump frente a España, Europa frente a sí misma

Hugo Amanque Chaiñamarzo 20, 202611min0
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Trump frente a España, Europa frente a sí misma

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Europa suele reaccionar a las crisis internacionales como quien despierta en mitad de la noche en una casa en llamas: primero la incredulidad después, la confusión; y, con el humo ya llenando las habitaciones, la certeza de que el incendio es real. La escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán vuelve a recordarnos esa escena. No estamos simplemente ante una crisis más en Oriente Medio. Estamos ante una señal adicional de que el orden internacional que surgió tras la Segunda Guerra Mundial se está resquebrajando ante nuestros ojos.

Durante décadas, el sistema internacional se sostuvo sobre una premisa relativamente simple: que el uso de la fuerza debía estar limitado por normas compartidas, por instituciones multilaterales y por un cierto equilibrio entre poder y legalidad. Ese equilibrio nunca fue perfecto, pero establecía un marco de previsibilidad. Hoy, ese marco está roto. La doctrina del ataque preventivo, esa fórmula elástica que convierte la hipótesis en amenaza y la amenaza en justificación, se ha transformado en una coartada para el uso unilateral de la fuerza. Al normalizarse la guerra preventiva como herramienta ordinaria, lo que se debilita no es solo el derecho internacional: es la propia arquitectura de estabilidad y seguridad global.

Nada de esto implica ignorar la naturaleza del régimen iraní. Se trata de un poder teocrático que reprime brutalmente a su propia sociedad —especialmente a las mujeres— y que ha utilizado durante décadas la violencia regional como instrumento de supervivencia política. Pero precisamente por eso resulta aún más preocupante que la erosión del orden internacional se pretenda justificar en nombre de la defensa de la democracia. Las democracias no se defienden suspendiendo las normas que las hacen posibles. Cuando el derecho internacional se convierte en un instrumento selectivo, invocado en unos conflictos y relativizado en otros, deja de ser derecho y pasa a ser simplemente un argumento instrumental.

La respuesta europea ante esta crisis vuelve a mostrar una debilidad que se repite con demasiada frecuencia: la dificultad de pensar a Europa como sujeto autónomo. En demasiadas ocasiones, la política exterior europea funciona como una sombra proyectada por la política exterior estadounidense. La reacción no nace de una reflexión estratégica propia, sino de un reflejo casi automático de alineamiento. Ese reflejo, un atlantismo ciego envuelto de prudencia, revela hoy sus límites en un mundo donde las alianzas ya no funcionan bajo las coordenadas del siglo pasado.

Lo ocurrido ofrece una ilustración particularmente nítida de ese problema: Donald Trump amenaza con cortar el comercio con España como represalia por la negativa del Gobierno español a apoyar una escalada militar que carece de cobertura de Naciones Unidas y por resistirse a la utilización de sus bases para operaciones vinculadas a esta guerra. La escena es reveladora. No se trata únicamente de una disputa diplomática. Se trata de la utilización explícita de la coerción económica, entre aliados tradicionales, como instrumento de presión política.

Pero lo más significativo de ese episodio es que la amenaza ni siquiera reconoce la realidad institucional de Europa. España, como cualquier otro Estado miembro, no negocia su política comercial de manera bilateral con Washington. La política comercial es una competencia exclusiva de la Unión Europea. Por eso, al amenazar con cortar el comercio con España se está, en realidad, amenazando al conjunto del mercado europeo.

La falta de respuesta del canciller alemán, Friedrich Merz, fue sintomática: osciló entre el silencio cómplice y la cooperación vasalla. Era el momento de afirmar con claridad que ningún Estado miembro puede ser objeto de intimidación económica por parte de un socio internacional. Podía haber sido la ocasión de recordar que el mercado interior europeo es un proyecto político precisamente diseñado para proteger a sus miembros frente a presiones externas. En lugar de eso, hubo silencio.

Ese tipo de silencio se presenta a menudo como realismo estratégico. Pero cada vez se parece más a otra cosa: a la persistencia de una cultura política que sigue concibiendo la relación transatlántica en términos de subordinación. Durante décadas, Europa externalizó su seguridad y buena parte de su horizonte estratégico a Estados Unidos. Esa delegación pudo parecer cómoda en un mundo estable, pero se convierte en un peligro cuando la política estadounidense se vuelve imprevisible y se muestra dispuesta a instrumentalizar su poder económico y militar.

El mundo que emerge se parece cada vez menos al orden liberal que Europa aprendió a habitar. Las grandes potencias combinan presión comercial, poder militar y capacidad tecnológica para defender sus intereses. El comercio se convierte en arma geopolítica las sanciones en instrumento de disciplina y la interdependencia en un terreno de competencia estratégica. En ese escenario, una Europa que no sea capaz de ejercer soberanía colectiva corre el riesgo de convertirse en un espacio de influencia antes que en un actor político.

Esa soberanía no es una abstracción. Tiene dimensiones muy concretas. Es la capacidad de defender el mercado interior frente a la coerción económica. Es la capacidad de sostener una política exterior coherente con el derecho internacional, incluso cuando esa coherencia resulta difícil para aliados tradicionales. Es la capacidad de construir una base industrial, energética y tecnológica que reduzca las dependencias estratégicas. Y es, también, la capacidad de hablar con una sola voz cuando se amenaza a uno de sus miembros.

La Unión Europea ya posee, paradójicamente, uno de los instrumentos de poder más formidables del mundo contemporáneo: su dimensión económica. El mercado interior europeo es uno de los mayores espacios comerciales del planeta. Es una potencia regulatoria capaz de fijar estándares globales y un actor económico cuya escala lo convierte en socio imprescindible para casi cualquier economía avanzada. Pero ese potencial solo se convierte en poder real cuando existe voluntad política para utilizarlo.

Y esa voluntad política exige abandonar inercias automáticas. Europa no puede aspirar a ser una potencia normativa si no está dispuesta a defender las normas cuando estas incomodan a sus aliados. La credibilidad europea depende precisamente de esa coherencia. Una coherencia que España ha mantenido de forma consistente. Si defendemos el derecho internacional en Ucrania, debemos defenderlo también en Gaza o en Irán. No porque los conflictos sean idénticos, sino porque la norma es lo único que impide que el sistema internacional se convierta en un tablero donde solo cuenta la fuerza.

En las últimas horas, algunos han empezado a aproximarse a la posición liderada por Pedro Sánchez. Emmanuel Macron y Mark Carney han reconocido finalmente el carácter ilegal de los ataques, y otras voces han comenzado a hablar con mayor claridad de la necesidad de desescalar y de restablecer el marco del derecho internacional. Es un movimiento revelador. Como ocurrió con Gaza, la presión de los hechos termina empujando a muchos gobiernos hacia posiciones que España defendió desde el principio.

Pero tener razón con el paso del tiempo no basta. En política internacional, la razón que llega demasiado tarde suele llegar cuando el daño ya es irreparable. Europa necesita algo más que la capacidad de reconocer retrospectivamente sus errores. Necesita la convicción política necesaria para actuar a tiempo.

El verdadero debate que atraviesa esta crisis no es, en el fondo, sobre Irán. Es sobre Europa. Sobre si el continente está dispuesto a asumir su lugar en un mundo cada vez más marcado por dinámicas imperiales. En ese mundo, una Europa que actúe como un mosaico de miedos nacionales se convierte en un actor irrelevante. Una Europa que asuma su soberanía colectiva, en cambio, puede convertirse en una de las pocas potencias capaces de defender un orden internacional basado en normas.

La diferencia entre ambas posibilidades es, en última instancia, una cuestión de voluntad política. España ha marcado el camino. Durante demasiado tiempo, Europa ha avanzado como quien camina dormido, confiando en que el suelo bajo sus pies permanecería siempre estable. Pero el suelo se ha resquebrajado.

Ante un cambio tan profundo, el mayor riesgo no es equivocarse. El mayor riesgo es seguir caminando como si nada hubiera cambiado.

Javi López – vicepresidente del Parlamento Europeo. Es Licenciado en Derecho y ha sido Profesor Visitante de Historia de la UE en Blanquerna – Universitat Ramon Llull. Agenda Pública de España

Hugo Amanque Chaiña


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