El tiempo que pasa y duele

Durante mis años como abogado defensor viví muchas veces una experiencia que nunca he podido olvidar. Cuando conseguíamos que se revocara una detención, la alegría de los familiares era inmensa. Sin embargo, comenzaba otra espera más angustiante esto es, conseguir que se elaboraran, firmaran y remitieran los oficios para hacer efectiva la libertad.
Recuerdo resoluciones firmadas al mediodía cuyos oficios recién salían al día siguiente. Mientras los secretarios continuaban con sus labores habituales, los familiares preguntaban una y otra vez cuándo saldría su ser querido. Yo compartía esa angustia, mirando cómo transcurrían las horas con una lentitud desesperante.
Nunca pude comprender por qué el tiempo parecía detenerse precisamente cuando la libertad ya había sido concedida. Quizá porque antes de la resolución todavía existía incertidumbre, pero después cada minuto de espera se sentía como una injusticia. Para el funcionario era un trámite más; para una familia, significaba recuperar a alguien que llevaba meses o años privado de su libertad. Y si el oficio finalmente llegaba al establecimiento penitenciario, comenzaba otra espera.
Con los años comprendí que el tiempo no transcurre de la misma manera para quien espera una libertad que para quien tiene en sus manos hacerla efectiva.
Hoy, como juez, aquella sensación vuelve a mí cuando una resolución de libertad ya tiene dos firmas y falta únicamente la de un juez que, ocupado en otras actividades, posterga su suscripción. Entonces reaparece aquella angustia de mis años como abogado y siento rebeldía frente a esa indiferencia. Conozco las dificultades del trabajo judicial y las responsabilidades que debemos atender. Pero también sé que detrás de una firma pendiente hay una madre esperando, unos hijos preguntando o una persona que pasará innecesariamente otra noche en prisión.
A veces pienso que uno de los mayores peligros de trabajar tantos años en la administración de justicia es acostumbrarnos al sufrimiento ajeno, hasta llegar a considerar normal aquello que para otros resulta desesperante. Una hora puede ser insignificante para quien tiene que firmar un oficio, pero puede ser una eternidad para quien espera recuperar su libertad.
Nunca olvidemos que, mientras nosotros continuamos tranquilamente con nuestras labores, alguien puede estar contando con angustia los minutos para volver a casa.
Dr. Celis Mendoza Ayma – Magistrado Superior y Docente Universitario
LP Derecho




