Una preguntita Doctor

Hugo Amanque Chaiñaoctubre 9, 20268min88
Hugo Amanque Chaiñaoctubre 9, 20268min88

Left Banner

Left Banner

Una preguntita Doctor

operativo-penal-lurigancho-incautan-celulares-800x533

Trabajé nueve años como abogado defensor, entre 1991 y 1999. Desde entonces soy juez. Durante más de tres décadas he seguido vinculado a causas penales, pero cuando pienso en la cárcel mi memoria vuelve siempre a aquellos sábados en el penal de Socabaya.

Cada sábado era, de algún modo, bajar al infierno.

Uno entraba sabiendo que unas horas después saldría. Ellos no.

Adentro había un olor que uno aprendía a reconocer: olor a cana. Mezcla de encierro, comida, ropa húmeda, cuerpos, papeles viejos y tiempo detenido. Yo llegaba con mi expediente bajo el brazo y buscaba al interno que debía entrevistar. Entonces aparecía el llamador.

Le daba un sencillo y decía el nombre.

—Carlos Ramírez.

El llamador se internaba por los pabellones y empezaba a gritar:

—¡Ese Carlos Ramírez!… ¡Ese Carlos Ramírez!

Siempre con ese «ese» por delante, como si dentro de la cárcel los nombres necesitaran otra forma de ser llamados.

Mientras esperaba, otros internos comenzaban a rodearme.

—Doctor, una preguntita.

La pregunta casi nunca era pequeña.

—¿Cuánto me falta?

—¿Ya puedo pedir mi beneficio?

—¿Por qué no resuelven mi apelación?

—Doctor, mi abogado dice que ya voy a salir.

Muchas veces comprendí que al preso podía atormentarlo más la incertidumbre que la propia condena. Saber que faltaban cinco años era terrible. No saber si faltaban cinco, siete o diez podía ir destruyendo lentamente a una persona.

Algunos sacaban sus expedientes.

Eran expedientes cansados. Papeles doblados y amarillentos, resoluciones subrayadas, sentencias leídas tantas veces que parecía que también ellas cumplían condena. El interno conocía cada hoja y, aun así, volvía a leerla buscando una palabra, una fecha, una contradicción, cualquier grieta por donde pudiera entrar la libertad.

Yo abría el expediente.

Él miraba mi rostro.

Si regresaba una página, sus ojos cambiaban.

—¿Encontró algo, doctor?

Todavía recuerdo esa mirada.

Vi también defensas dolorosamente malas. Promesas imposibles, abogados que cobraban por recursos inútiles, familias que entregaban sus pocos ahorros convencidas de que alguien conocía al juez o tenía alguna influencia. Dentro de una cárcel, una falsa esperanza puede ser una forma particularmente cruel de engaño.

A veces me decían:

—Doctor, dígame la verdad nomás.

Y había que decirla.

Después conversábamos.

Conversar y conversar.

Aprendí allí que la defensa penal muchas veces vive en el detalle. Un horario. Una palabra cambiada. Una declaración que nadie contrastó. Un testigo olvidado. Una fecha que no coincidía.

—Cuéntame otra vez desde el comienzo.

Y el hombre volvía a contar su historia.

Así descubrí algo que después me acompañó también como juez: el expediente nunca contiene por completo a una persona. El papel ordena los hechos; la vida ocurrió atropellada, confusa, llena de detalles que muchas veces quedaron fuera del acta.

Dentro de los pabellones existía también otro idioma.

La replana.

Se hablaba de fierros, de corvinas, de códigos que uno aprendía escuchando. Había una ley interna que llegaba donde ya no alcanzaba el reglamento del INPE. Jerarquías, respetos, deudas, amenazas.

Y estaba el frazadazo.

Una palabra corta para una violencia enorme.

Al preso recién llegado podían cubrirlo con una frazada, inmovilizarlo y vejarlo. Estas cosas se contaban a veces en voz baja, otras con una naturalidad que impresionaba todavía más. La cárcel consigue que incluso el horror termine formando parte de la rutina.

Recuerdo también sus pequeños espacios personales, separados con sábanas. Detrás de una tela estaba todo lo que un hombre podía llamar suyo: una cama, alguna fotografía, unas prendas, cartas, alimentos llevados por la familia.

Y querían trabajar.

Muchísimo.

Tener herramientas era casi un privilegio. Entrar al pabellón industrial podía ser una suerte. Los demás hacían lo que podían: trabajos de papel, pequeñas artesanías, objetos fabricados con paciencia infinita y materiales mínimos.

He visto hombres con manos endurecidas haciendo cosas diminutas durante horas.

Querían ganar algunos soles, redimir pena, ayudar a sus familias. Pero había algo más elemental: querían ocupar el tiempo.

En la cárcel el tiempo adquiere peso.

Se siente.

Se escucha.

Se cuenta.

Luego llegaba la hora de la paila. Los internos aparecían con sus latas y recipientes esperando la ración. Metal golpeando contra metal. Una fila de hombres aguardando la comida.

Todo adquiere otro valor detrás de una reja.

Una llamada.

Un cigarro.

Un pedazo de pan.

Una herramienta.

Una visita.

Un abogado que escuche.

Cuando terminaba mi trabajo recogía los papeles y comenzaba el camino hacia la salida. Reja tras reja. Puerta tras puerta.

Yo salía.

Ellos quedaban atrás.

Ese contraste me acompañaba durante todo el regreso. Afuera reaparecía Arequipa: la calle, el ruido, el cielo abierto, la libertad sencilla de poder decidir hacia dónde caminar. Yo regresaba llevando conmigo aquel olor a cana y también las ocurrencias que había escuchado durante el día. Porque la cárcel tiene su propio humor, duro y oscuro, probablemente necesario para soportarla.

Y al sábado siguiente volvía a bajar.

Otra vez las rejas.

Otra vez los llamadores.

—¡Ese Carlos Ramírez!… ¡Ese Carlos Ramírez!

Otra vez los expedientes gastados.

Otra vez los ojos esperando una respuesta.

Desde 1999 soy juez.

Han pasado muchos años desde aquellos sábados, pero algunas imágenes siguen intactas: las latas de la paila, las sábanas convertidas en paredes, las manos haciendo artesanías, los expedientes leídos hasta el cansancio y los ojos del interno siguiendo cada movimiento del abogado.

Y todavía escucho aquella voz:

—Doctor, una preguntita.

Detrás de ella casi siempre había algo mucho más grande.

Había miedo.

Había tiempo.

Había una familia esperando.

Y, sobre todo, había un hombre tratando de saber cuánto de su vida seguía siendo suyo.

Dr. Celis Mendoza Ayma – Magistrado y Docente Universitario

FOTO ATV

Hugo Amanque Chaiña


Post Banner

Post Banner