Por qué Trump no puede echar a España de la OTAN

La filtración de un correo electrónico del Pentágono, adelantada por la agencia Reuters ayer por la mañana, ha tenido impacto inmediato en las capitales europeas. Sin miedo, pero sorprendidos, los líderes europeos han comprobado por vigésima vez que existe una enorme desconexión entre la Casa Blanca de Donald Trump y la realidad del orden jurídico internacional.
El documento sugiere que Washington estaría sopesando la «suspensión» de España como miembro de la OTAN —acompañada de otras medidas coercitivas— debido al persistente rechazo de Madrid a alinearse con la escalada bélica contra Irán. Sin embargo, a pesar de la pirotécnica comunicación ya característica de la Administración Trump, la OTAN no es ni debe ser un juguete del Ejecutivo estadounidense.
En esta nueva evolución de la relación atlántica, el punto de partida está marcado por un Trump incapaz de alcanzar sus objetivos geopolíticos. En este sentido, sus decisiones, que confunden a buena parte de los analistas internacionales, parecen haber sido subcontratadas a intereses ajenos. Porque mientras el presidente estadounidense intenta forzar un frente común contra Teherán, la percepción en Madrid, Roma y Bruselas es que Washington ha sido convencido por el gabinete de Benjamín Netanyahu para librar una guerra que no es ni soberana ni consensuada.
La falacia de la suspensión unilateral: el Tratado de Washington como escudo
Si algo se saca en claro de la segunda Administración Trump en el plano geopolítico es la indudable convicción de que el multilateralismo es una debilidad y que las alianzas son transaccionales. No obstante, la estructura legal de la Alianza Atlántica es su principal obstáculo. El Tratado del Atlántico Norte de 1949 es un documento rígido a nivel jurídico, y fue diseñado precisamente para evitar que una sola nación pueda purgar a sus socios por diferencias políticas o estratégicas puntuales.
En sus catorce artículos, ninguno incluye o menciona un mecanismo de expulsión o suspensión. El artículo 13 contempla únicamente la denuncia del tratado por parte de un miembro que desee abandonar la Alianza voluntariamente. Por tanto, para que EE. UU. pudiera «echar» a España, Italia o cualquier otro «aliado», tendría que proponer una enmienda al texto original.
Siguiendo el artículo 10, este procedimiento requeriría el acuerdo unánime de todos los aliados —incluido el Estado al que se quiera expulsar—. Además, en el actual clima geopolítico, con Berlín y París recelando de la estabilidad de la política exterior estadounidense, la posibilidad de que Trump consiga ese consenso es inexistente.
El presidente neoyorquino está descubriendo que la soberanía de España no es un regalo de Washington, sino un estatus legal internacional. Al amenazar con una suspensión que no puede ejecutar legalmente, Trump fracasa en su intento de presionar a España y a Sánchez y, de paso, erosiona la credibilidad de la propia OTAN.
El movimiento convierte el artículo 5 de defensa colectiva en una promesa vacía supeditada a la lealtad personal hacia su figura. Si continúa la dinámica, la relación sería más parecida a un contrato con una aseguradora que al vínculo entre dos bloques que son aliados históricos.
Uno de los pilares del descontento europeo radica en la sospecha, cada vez más fundamentada, de que la actual estrategia de «máxima presión» contra Irán no nace de los analistas del Departamento de Estado, sino de las oficinas del primer ministro israelí. Benjamín Netanyahu ha logrado, una vez más, que la política exterior estadounidense sea una extensión de la suya propia.
Para España, esto supone una línea roja inaceptable. Participar en una guerra regional en Oriente Medio que parece haber sido comprada por una potencia tercera erosiona el concepto mismo de soberanía que Trump dice defender. La fractura es sobre Irán, pero también sobre quién dicta las órdenes en Washington.
Para España y otros socios, una decisión de tal magnitud debe ser soberana y pasar por el filtro del Consejo del Atlántico Norte, no ser un encargo delegado que se impone a los socios mediante chantaje administrativo. El hecho de que Trump parezca haber sido convencido por Netanyahu de emprender una aventura bélica de consecuencias imprevisibles invalida cualquier pretensión de liderazgo moral dentro de la Alianza.
El eje Madrid-Roma y el despertar del flanco sur
La filtración de Reuters menciona específicamente a España, pero lo cierto es que Italia está bajo una presión similar. Sin embargo, Roma y Madrid han entendido que su fuerza reside en la geografía y en la infraestructura. Trump parece ignorar que castigar a los aliados mediterráneos es, en la práctica, cegar el ojo sur de su propia defensa.
Sin el acceso a las bases de Rota y Morón en España, o a Sigonella y Aviano en Italia, la operatividad de la Sexta Flota y la capacidad de proyección de fuerza estadounidense en África y Oriente Medio quedarían anuladas. España e Italia son enclaves estratégicos muy importantes en el actual tablero geopolítico. En este plano, la soberanía mediterránea se ha convertido en el principal contrapunto al unilateralismo de la Casa Blanca, recordando a Washington que la logística y la geografía suelen ser más tercas que la ideología.
Mientras Trump gesticula con suspensiones imposibles en la OTAN, los líderes europeos estaban reunidos ayer en un Consejo informal en Chipre para discutir algo mucho más tangible: la operativización del artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea.
Este debate representa la verdadera mayoría de edad de la defensa europea. La cláusula de defensa mutua de la UE es, en teoría, más potente que la de la OTAN. Mientras que el artículo 5 de la Alianza deja a discreción de cada país qué acción considera «necesaria», el 42.7 obliga a los Estados miembros a prestar ayuda «con todos los medios a su alcance».
Para España, este es el juego maestro. Al potenciar la defensa europea, Madrid reduce su dependencia del paraguas estadounidense. Además, el marco de la UE cubre territorios que la OTAN excluye deliberadamente en su artículo 6, como Ceuta y Melilla. Al fortalecer el eje de seguridad europeo en Chipre, España e Italia están construyendo una alternativa de soberanía colectiva que ya no necesita el visto bueno de un Pentágono sometido a los vaivenes de la política doméstica estadounidense y a las presiones de Tel Aviv.
Trump cree que la defensa es un producto que se vende y, al otro lado del Atlántico, Europa está empezando a entender que es una infraestructura que se construye. La discusión en Chipre sobre la interoperabilidad militar y la consolidación de una industria de defensa europea es el clavo final en el ataúd de la política transaccional de Trump. Si la UE logra estandarizar sus sistemas de mando y control, la dependencia de la tecnología y la «protección» de EE. UU. disminuirá drásticamente.
El fracaso del presidente estadounidense en conseguir que España se rinda ante el órdago iraní es un síntoma de que el liderazgo por coerción ha llegado a su límite. No se puede amenazar con expulsar a un socio que posee las bases que tú necesitas, que se rige por un tratado que no puedes cambiar y que está construyendo una alianza alternativa con sus vecinos directos.
Dicho de otra manera: la soberanía de España está blindada por los tratados que el Ejecutivo estadounidense desprecia, pero que son, en última instancia, los que mantienen en pie la única estructura de seguridad que le queda a Occidente. Si Trump tira de la cuerda hasta romperla, será él quien se quede fuera de la relevancia europea, y no España (u otro país) fuera de la OTAN.
Editorial de Agenda Pública de España.
Foto Vox Populi




