¿Quién defenderá a Europa?

Hugo Amanque Chaiñamarzo 27, 202610min0
Hugo Amanque Chaiñamarzo 27, 202610min0

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¿Quién defenderá a Europa?

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Imaginemos lo que, hasta hace poco, hubiesen sido riesgos lejanos, pero que ya no lo son tanto. Imaginemos que Rusia decide poner a prueba la defensa transatlántica con una incursión en la ciudad fronteriza de Narva, en Estonia, o la ocupación de una isla del mar Báltico como Hiiumaa. Que una incursión de estas características sea justificada por el Kremlin como la única manera de proteger a las minorías rusoparlantes de los Estados bálticos.

O que un sabotaje de cables submarinos en este mismo mar se traduzca en la caída de los sistemas informáticos de infraestructuras civiles críticas en varios países europeos. O que semejantes amenazas híbridas vuelvan a incluir la instrumentalización de movimientos migratorios en una frontera de más de 1.000 kilómetros entre Finlandia y Rusia.

Pensemos también que las fuerzas armadas de Dinamarca, parece que con el visto bueno de Francia y Alemania, estaban dispuestas a hacer saltar por los aires las carreteras de Groenlandia en caso de haberse consumado la anexión de la isla por parte de EE. UU. O que varios países europeos enviaran sus buques de guerra y se mostraran dispuestos a defender a Chipre, después de que este Estado miembro de la Unión Europea recibiera el impacto de un misil en el contexto de la guerra en Irán.

La centralidad de la defensa europea en el nuevo paradigma

Todos estos escenarios terminan en la misma pregunta: ¿Quién defenderá a Europa? Sabemos que el principal valedor de la defensa europea durante las últimas ocho décadas, EE. UU. a través de la alianza transatlántica, ya no está dispuesto a hacerlo. Hace tiempo —también antes de que Trump llegara a la Casa Blanca— que EE. UU. preferiría trasladar los más de 80.000 efectivos que mantiene en suelo europeo hacia otros espacios de interés geoestratégico: en Asia para contener a China, o en Irán, ahora que ha vuelto a emprender una guerra en Oriente Medio.

Trump también nos dice que la defensa de Europa ha dejado de ser una donación en pro de la estabilidad del continente y de un orden basado en reglas e instituciones comunes. Que, en cualquier caso, compremos armamento estadounidense para mantener su compromiso con la OTAN y el apoyo a Ucrania. También, por supuesto, que gastemos el 5% del PIB en defensa, ya que, de lo contrario, la cláusula de defensa colectiva recogida en el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte estará sujeta a reinterpretación: solo quien pague podrá optar a la protección, porque las capacidades de defensa estadounidenses se han convertido en una cara póliza de seguro.

Estos son los escenarios y condicionantes de la nueva era de la seguridad en Europa, en que deberemos defendernos a nosotros mismos y sin EE. UU. —o, por lo menos, sin los EE. UU. de antes—. La conferencia anual de CIDOB War and Peace in the 21st Century, que se celebrará el próximo 11 de abril en el Palau de Pedralbes de Barcelona, planteará, precisamente, los escenarios para una defensa de Europa sin EE. UU. Lo hará en torno a dos preguntas clave: qué capacidades deberían sustentar los pilares de la nueva defensa europea y qué alianzas nos ayudarán a conseguirlas.

Diez expertos y expertas internacionales debatirán durante media jornada el alcance del terremoto Trump para el futuro de la alianza transatlántica, la posición europea en los principales escenarios de crisis internacionales —desde Ucrania a Irán, pasando por Venezuela o el Sahel—, las capacidades europeas en materia de defensa y los crecientes esfuerzos de reindustrialización, basados en el protagonismo de la seguridad y la defensa. Los condicionantes en Europa siguen siendo la existencia de diferentes culturas estratégicas entre los Estados miembros, la fragmentación de las capacidades y de la industria de defensa, un gasto militar desigual y percepciones divergentes sobre las principales amenazas que azotan al continente.

La 24.ª edición de nuestra conferencia anual, organizada con el apoyo de las principales instituciones de su patronato, planteará los siguientes debates. En primer lugar, qué relación debemos mantener con EE. UU., dada la dependencia histórica hacia el paraguas de seguridad transatlántico y la tendencia en muchas capitales europeas de tratar de capear el temporal Trump, esperando a que regresen tiempos mejores.

La reticencia a enfrentarse a la Casa Blanca, ya sea para mantener su apoyo a Ucrania, rebajar las amenazas arancelarias, evitar el conflicto abierto en Groenlandia o criticar a Washington por la intervención militar en Irán, se ha traducido en una estrategia apaciguadora que ha demostrado repetidamente su ineficacia. El desprecio de Trump hacia Europa no es coyuntural, es estructural, y el avance hacia la autonomía estratégica europea ha dejado de ser postergable.

En segundo lugar, la pérdida del centro de gravedad estadounidense forzará a los europeos a adoptar mecanismos más flexibles para cooperar en materia de defensa, entre sí y con socios nuevos. Aparecen aquí las coaliciones de voluntarios, según las cuales los países europeos capacitados y con suficiente voluntad política deciden avanzar conjuntamente en el refuerzo y el despliegue de sus capacidades de defensa. Esto permite sortear el veto de los Estados que, de manera sistemática, impiden el avance de la política de defensa, y también abre la puerta a flexibilizar alianzas con países más allá de la UE, como el Reino Unido, Noruega, Corea del Sur o la propia Ucrania (primera línea de defensa frente a Rusia).

En tercer lugar, el aumento del gasto en defensa no puede responder únicamente a las prioridades nacionales ni dotar a los ejércitos europeos de mayores capacidades estrictamente desde el plano individual. De ser así, solo conseguiremos aumentar duplicidades ya existentes, fragmentar todavía más las capacidades de defensa e impedir la interoperabilidad entre los sistemas nacionales. Hay que apostar por un marco europeo reforzado en el gasto de defensa y en las capacidades adquiridas, ya sea para conseguir la independencia europea o para robustecer el pilar europeo de la OTAN.

Y finalmente, habrá que abrir debates incómodos que obliguen a poner en práctica las proclamas más europeístas. ¿Estará Francia dispuesta a europeizar la defensa de última instancia que representan sus capacidades de disuasión nuclear? ¿Cómo reformar la arquitectura de seguridad europea, con propuestas ya esbozadas como un nuevo Consejo de Seguridad Europeo?

Estamos sin duda ante el momento fundacional para la Europa geopolítica. No solo como proclama, sino como impulso para nuestras capacidades en seguridad y defensa. De todo esto se hablará en la conferencia internacional War and Peace in the 21st Century, con el objetivo de que Barcelona se convierta también en un actor clave para el refuerzo del proyecto y las capacidades europeas.

Pol Morillas – Director de CIDOB – Agenda Pública de España

Foto El Tiempo

Hugo Amanque Chaiña


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