El Juez Alejandro Ranilla y la motivación de las sentencias judiciales

Alejandro Ranilla Collado, docente de la Universidad Nacional de San Agustín y ex juez superior, tiene una personalidad construida sobre una disciplina férrea, casi marcial. Su pulcritud en el lenguaje, la argumentación y el método no es pose; es consecuencia de una formación interior que exige orden, precisión y rigor.
Con sus alumnos es exigente hasta el límite, pero con la confianza desplegada es hospitalario, refinado, generoso. Quien ha visitado su hogar sabe que detrás de la dureza hay una humanidad que sorprende.
Ese contraste —entre la severidad profesional y la calidez personal— es lo que hace su sello. No pertenece a una generación de juristas que acumula citas sin pensamiento. Su carácter lo conduce a cuestionar los “caminos fáciles” y a desnudar el artificio de lo prefabricado.
En una ocasión, en la Sala Itinerante de Camaná, ocurrió una escena que pareciera menor, pero que en verdad encierra una visión entera del quehacer judicial. Una asistente judicial nueva, entusiasmada e insegura, pidió “modelos” de resoluciones: plantillas, formatos para comenzar sus proyectos.
Ranilla alzó la vista con lentitud, como quien examina no a la persona sino al fenómeno que representa, y sin una sola palabra de reproche le extendió una hoja bond en blanco. “Toma”, dijo. Nada más.
Ese gesto silencioso fue una lección; en efecto, la sentencia no se fabrica con moldes; se crea con pensamiento. La plantilla sirve para ejecutar, no para razonar. El derecho procesal presenta los marcos —expositivo, considerativo, resolutivo— pero jamás desciende a la singularidad irrepetible del caso. Y es precisamente esa singularidad la que exige motivación. No hay fórmula para la convicción. No hay formato para la inferencia. No hay maqueta para la motivación.
La hoja en blanco no era un desafío, era una invitación: escribe desde el caso, no desde la plantilla; razona desde el conflicto humano, no desde el formulario. El blanco no es vacío: es posibilidad. No está pidiendo inventar literatura, sino pensar jurídicamente. El molde es cómodo; el razonamiento, incómodo. El «Loco»Ranilla eligió lo incómodo.
Recuerdo cuando visité su casa en Camaná. La rigidez quedaba en el despacho; en el hogar emergía la calidad humana, la conversación generosa, la reflexión genuina. Era el mismo hombre, pero la severidad era solo el medio para custodiar la integridad del pensamiento. Allí, se le recordó la anécdota de la hoja en blanco. Para él no fue un gesto teatral. Fue la traducción pedagógica de algo que cree profundamente, esto es, motivar una sentencia es pensar, no rellenar.
Y esa hoja bond —aún simbólica— nos recuerda que un juez no escribe para llenar espacios, sino para construir razones. Que la justicia comienza cuando el papel está en blanco y la mente, abierta
Celis Mendoza Ayma – Juez y docente universitario.




