Juan Vidaurrazaga: El caballero detrás de La Ibérica

En Arequipa hubo generaciones enteras que aprendieron a reconocer el aroma del cacao antes incluso de saber quién estaba detrás de aquellos chocolates. Sin embargo, bastaba cruzar las puertas de La Ibérica para encontrarse con un hombre de trato pausado y mirada serena: Juan Vidaurrázaga Zimmermann. Tenía el perfil sobrio, el cabello cuidadosamente peinado, un bigote grueso y unas gafas discretas que evocaban la elegancia de los caballeros de antaño que preservaban la cortesía en los gestos más sencillos.
Había en él, una calma que parecía acompañar sus pasos. Hablaba con una tranquilidad que despertaba la confianza de grandes y pequeños. Un día, una pequeña acompañada de sus padres, ingresó a la tradicional tienda de chocolates en el corazón de Arequipa. Bastó un detalle para conservar viva esa memoria. Entre vitrinas llenas de bombones, toffees, mazapán y turrones, y el inconfundible cacao, recién preparado, aquel personaje sonriente se acercó para ofrecerle un chocolate.
Esa escena quedó grabada en la memoria de aquella pequeña, por ser quien la atendió un ser entrañable como orgulloso y elegante de quien no solamente conoce un oficio, si no también es custodio de un patrimonio familiar, impresión que le hiciera que desde entonces regresar una y otra vez buscando no solo el sabor de esos chocolates, sino también esa cercanía y hospitalidad que envolvía cada rincón. Con los años, ya adulta, comprendería que detrás de aquella fábrica existía algo más grande que una empresa: un legado familiar.
Así era Juan Vidaurrázaga, empresario arequipeño que durante más de seis décadas desde 1958 condujo La Ibérica —fundada por su padre, quien llevaba su nombre— hasta posicionarla como un referente nacional e internacional. Pero su legado iba más allá del éxito empresarial o de sostener sobre sus hombros un negocio marcado por el compromiso, la identidad con el terruño y la constancia. Su verdadera grandeza residía en haber sido, ante todo, una buena persona; y además de ello, un hombre profundamente dedicado a su familia. Quienes trabajaron junto a él coinciden en describir a un empresario distinto, marcado por la sencillez y el respeto hacia sus trabajadores.
En los testimonios de antiguos obreros y colaboradores aparece constantemente la imagen de un hombre atento y profundamente humano, capaz de tratar con la misma cortesía tanto a un directivo como a un operario de fábrica. Para muchos, fue un mentor silencioso que abrió oportunidades y dejó enseñanzas más allá del mismo cotidiano. Su presencia luminosa —con el paso calmo, la sonrisa discreta y la palabra amable— evocaba a aquellos arequipeños que entendían el liderazgo desde la capacidad de gestión, la empatía y el ejemplo. Quienes lo conocieron recuerdan su compromiso con las tradiciones que resguardó durante años.
Don Juan, como cariñosamente se le llamaba conservaba intactos los recuerdos y relatos familiares, especialmente las hazañas de su abuelo, un marinero cuya vida cambió durante uno de sus viajes, cuando la embarcación en la que se encontraba presentó problemas cerca de Mollendo. Aquel incidente lo llevó a conocer Arequipa y, cautivado por la ciudad, prometió regresar una vez jubilado. Así ocurrió finalmente, echando raíces definitivas al pie del Misti. Tiempo después, su hijo —Juan Vidaurrázaga Menchaca— regresaría de España, donde soñó con emprender un negocio inspirado en las actividades del padre de un compañero de estudios.
De ese anhelo nacería, en 1909, la fábrica de chocolates que con el tiempo se convertiría en uno de los emblemas más representativos de la ciudad. De aquella historia nacida entre viajes y emprendimientos, surgiría también una forma particular de entender la vida y el trabajo. Tal vez por eso, quienes conocieron a Juan Vidaurrázaga Zimmermann no recuerdan únicamente al empresario que consolidó una de las marcas más emblemáticas de Arequipa y la Región Sur, sino al hombre que convirtió la hospitalidad, el respeto y la cercanía en parte inseparable del legado de La Ibérica y de la memoria colectiva de la Ciudad Blanca.
Detrás de aquel gerente nonagenario, cuyas capacidades lo llevaron a destacar en la Cámara de Comercio e Industria de Arequipa como presidente en 1987 y en el directorio de ADEPIA La Asociación de Empresas del Parque Industrial de Arequipa —institución de la que fue socio fundador y que llegó a ser destacado Miembro del Directorio en dos oportunidades, durante los períodos 2015-2016 y 20162017 —, había también el recuerdo de un joven veinteañero, profesional empeñoso, que supo identificar, con la misma naturalidad y sensibilidad que su padre, la calidad y singularidad del cacao proveniente del valle de Quillabamba, en Cusco, así como de la castaña de Puerto Maldonado. ¡Siempre será un imborrable ejemplo para Arequipa por su enorme legado! 1933 – 2026.
Helard Fuentes Pastor – Historiador – Revista ADEPIA Parque Industrial.
Foto El Pueblo




