Hugo Amanque Chaiñaseptiembre 18, 20219min64

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El espectáculo de los debates políticos

el debate aqp

Imagen: AS Perú

La política involucra una serie de fenómenos comunicativos a través de los cuales se elabora y difunde información de interés público. Según Canel (2006), la comunicación es esencial para los procesos de toma de decisiones en política, las cuales, en última instancia, deben ser vinculantes. Para que lo sean, como propone el autor, es necesario que la comunicación sea utilizada para determinar el origen del poder de gobierno y el ejercicio de tal poder. De hecho, en la actualidad, sería virtualmente imposible que un candidato gane las elecciones sin darse a conocer ante los electores a través de los medios de comunicación. En cuanto al ejercicio del poder, la legitimidad de las elecciones se consolida al gestionar la comunicación de modo tal que la autoridad electa pueda comunicarse con fluidez con quienes gobierna.

Ahora bien, podría decirse que la comunicación política es conflictiva e incierta por naturaleza. Afirmar esto supone reconocer el constante enfrentamiento de discursos producto de las orientaciones ideológicas e intereses particulares de los grupos de poder. Este enfrentamiento se materializa con claridad en los debates electorales. Estos, en las sociedades democráticas modernas, son vitales para los procesos de elección de autoridades y procesos de toma de decisión legislativa. Desde la perspectiva de la comunicación política, los debates son el escenario de conflicto en el que se contraponen discursos.

Esto pone sobre la mesa el carácter de rivalidad, competición o batalla entre las partes. Según Woodward y Denton (1990), la dimensión conflictiva de la comunicación política se preocupa por el presupuesto (decisiones en torno a la distribución de recursos), el control (del poder), la aprobación (de ciertos sectores políticos a través de la adopción de medidas, leyes, etc.) y el significado (definición y transmisión del significado de los bienes). Siendo los debates el escenario en el que se ponen en juego las preocupaciones anteriores en el espacio público, queda clara la importancia que estos tienen para informar a la sociedad civil.

En este último proceso electoral, la cantidad de partidos políticos que se disputaron curules o el sillón presidencial hacían virtualmente imposible leer y estudiar a profundidad los planes de gobierno. Por ello, organismos estatales y de la sociedad civil desarrollaron una serie de dispositivos de difusión de información bajo la premisa del voto informado sintetizado en el aforismo “me informo, luego elijo”. Entre estos dispositivos, el debate destacó, no por su relevancia, sino por su paupérrima ejecución. Lo que hemos presenciado en los siete debates presidenciales de la primera vuelta electoral y los dos debates de la segunda vuelta podría catalogarse como un espectáculo, más no como un debate en sentido clásico.

Si bien Aristóteles, señala que los debates son una representación teatral desde la que se expresan los caracteres y las pasiones, cuando estos se alejan de su objeto, pierden legitimidad. En este sentido, los actores en debate deberían expresar su carácter y desplegar su pasión entorno a aquello que desean expresar y defender manteniendo siempre la mira sobre aquello que los convoca. Sin embargo, lo acaecido en los debates ilustra que nuestros candidatos desean el poder sobre la base de intereses particulares o de facción.

¿Qué es lo que está detrás de un debate político? Si dijésemos que lo que está detrás de un debate político es el problema del bien común, entonces, la forma en cómo se actúa en un debate afecta el bien común, es decir, tiene implicancias éticas. Por lo tanto, podríamos señalar que la performance de los actores y su capacidad de convencimiento tendrá un efecto directo en la vida cotidiana de los espectadores. Ahora bien, si utilizamos este argumento para evaluar el desempeño de los candidatos en los debates, podríamos decir que esta dista mucho de una actuación preocupada por la búsqueda del bien común.

La representación teatral de nuestros actores políticos en el escenario de debate demostró un exacerbado interés por desprestigiar al adversario. El problema de ello, en línea con nuestro argumento, es que esta misma actitud trascendió la escena política y se instaló en los espacios de discusión entre los ciudadanos.

Las estrategias discursivas que los candidatos han desplegado durante los debates dejan en claro que en estos primó la descortesía. Como pudimos notar, además de la presentación de las propuestas (muchas de las cuales se alejaban de lo establecido en los planes de gobierno), imperó la crítica, las acusaciones de ignorancia, mentira, el menosprecio, la ridiculización, entre otros. Fernández (2015) cataloga estas estrategias en cuatro grandes grupos: (1) Asociar al adversario con hechos negativos, (2) atacar su credibilidad, (3) marcar las distancias con el adversario y mostrar su inferioridad y (4) invadir el espacio del adversario, planteándole obstáculos.

Esta categorización de las estrategias de descortesía nos permite evaluar, a grandes rasgos, la performance discursiva de los candidatos. Por ejemplo, durante el debate realizado en Chota, el primero de mayo, hemos sido testigos de frases como “Usted, no tiene autoridad para ofrecer cosas, si su partido no lo ha podido hacer” (Keiko Fujimori, acusación de incompetencia); “(…) Me gustaría hacer el saludo a la señora Fujimori, pero ignoro desde cuándo y dónde trabaja” (Pedro Castillo, menosprecio). A su vez, en el debate organizado por el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) el día 30 de mayo fue escenario de este tipo de ataques, como por ejemplo “Yo no voy a levantar una palanca para electrocutar a mi madre” (Pedro Castillo, develar hechos incómodos usando ironía, invadiendo espacios); “Usted está acostumbrado a tirar piedras” (Keiko Fujimori, marcar distancias, ridiculizar).

Sin duda alguna, someter la transcripción de los debates a un riguroso análisis del discurso otorgaría mayor profundidad al breve análisis que realicé en el párrafo anterior. Sin embargo, su propósito es ilustrar, a través de ejemplos, lo dicho por los candidatos y su conexión con la amplia red discursiva del espacio público. Estas y muchas otras frases discurren en los medios de comunicación, encontrando terreno fértil en las mentes de quienes se enfrentan e insultan en redes sociales, por ejemplo. De ahí que hayamos visto replicadas estas estrategias de descortesía en las discusiones cotidianas en redes sociales, marcadas por un clasismo y discriminación desmedidos. Finalmente, lo que estos debates demuestran es la poca preocupación general por la calidad y profundidad del argumento y, sobre todo, la pérdida de su carácter y relevancia política para formar ciudadanos vigilantes y atentos. La politización del espectáculo es evidencia del deterioro de la política.

Nicole Ore Kovacs – Psicóloga y Docente de la UPC – Polemos Portal Jurídico

 

Hugo Amanque Chaiña


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