Hugo Amanque Chaiñajulio 19, 202116min164

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Tupac Amaru y el Bicentenario 2021

tupac amaru

La relación entre la rebelión de Tupac Amaru y la independencia del Perú ha sido y sigue siendo compleja. Tal como lo analizo en mi libro (La rebelión de Tupac Amaru), la Gran Rebelión (1780-1783) puso en jaque el dominio español, al llegar a controlar el territorio que se extiende desde Cuzco hasta Potosí gracias a una alianza estratégica con los kataristas. La fase tupacamarista por sí sola (es decir, sin incluir la katarista) provocó más de 100.000 muertes y cambios radicales en la política española frente a sus colonias andinas. Sin embargo, generaciones de historiadores, intelectuales y autoridades han tenido dificultad al momento de definir y aclarar la relación entre los acontecimientos de 1780-1783 y las guerras de independencia de 1811-1824.

¿Por qué la dificultad? En primer lugar, Tupac Amaru nunca aclaró exactamente lo que pretendía imponer. Sus escritos son heterogéneos en su contenido, y en vez de proponer una plataforma fácilmente ubicable en términos globales, reunió un fascinante mosaico de proyectos y discursos para cuestionar y justificar la expulsión de los españoles. Su programa no fue una versión preliminar de la posterior rebelión de los hermanos Angulo (1814), los diferentes movimientos regionales y los ejércitos liderados por José San Martín y Simón Bolívar durante la fase 1811-1824. La rebelión de Tupac Amaru no fue, por ello, una mera primera fase de lo que vino después, sino algo diferente, único en la historia mundial, que sí cambió al Perú y el mundo hispano.

En segundo lugar, el mundo había cambiado significativamente entre 1780 y 1820. No solo debemos considerar las transformaciones ocurridas con las revoluciones francesas y haitianas, así como el auge de la Ilustración, sino cambios más sutiles en cuanto a la relación entre España y el Perú y en la cultura política en el interior del virreinato. Como en el resto del planeta, el Perú se transformó de 1780 a 1810 en parte por las repercusiones de la rebelión de Tupac Amaru. Estos cambios, paradójicamente, impiden una comparación o asociación fácil entre las insurgencias de la década de 1780 y las del siglo XIX.

Muchos han usado el término “precursor” para describir la relación entre 1780 y el siglo XIX. Es un término ambiguo, ya que un precursor puede ser un mero fenómeno anterior, un precedente, o puede ser un primer paso que influye de manera decisiva en un proceso más amplio. Cuando Juan Velasco Alvarado (1968-1975) convirtió a Tupac Amaru en su gran símbolo, quiso subrayar que Tupac Amaru marcaba el radical comienzo de la búsqueda de independencia de la metrópoli (que seguía latente, supuestamente, hasta la llegada del gobierno militar en 1968). Enfatizó además los vínculos entre 1780, 1821 y 1968, empleando el término “precursor” (y también “prócer”). A su vez, el ultranacionalista Velasco respondía a los críticos que sostenían que la independencia peruana fue obra exclusiva de extranjeros, principalmente José de San Martín y Simón Bolívar. Con su uso ubicuo de Tupac Amaru como ícono y su apoyo a importantes publicaciones, como la Colección documental de la independencia peruana, Velasco ofreció una visión alternativa a la que difundían sus críticos.

Volvamos a la complejidad del problema planteado inicialmente. Tupac Amaru y la Independencia guardan relación, pero ¿cómo y de qué forma? Primero, descartemos algunas interpretaciones. Las dos más extremas sostienen que Tupac Amaru no tuvo relación alguna con la Independencia o que fue simplemente un importante primer paso en una cadena de luchas “nacionales” contra los españoles. Ambas son erróneas. Más bien, la rebelión de Tupac Amaru influyó de forma contundente en los acontecimientos ocurridos tres décadas más tarde. No fue necesariamente un primer paso en una ruta predeterminada, pero sí podemos afirmar que fue un factor influyente.

Es importante, entonces, revisar el proyecto de José Gabriel Condorcanqui y Micaela Bastidas. Aunque en su correspondencia ambos decían actuar con el apoyo explícito del rey Carlos III, y mientras protegía a la Iglesia católica e intentaba incorporar al movimiento a sectores criollos, mestizos y hasta españoles “buenos”, Tupac Amaru dirigió una rebelión radical en la práctica.

Como sabemos, la rebelión comenzó con la ejecución del corregidor Antonio de Arriaga y se expandió con el saqueo de haciendas y la quema de obrajes, actos nada “reformistas”. Sin embargo, con el transcurso del tiempo, surgió la tensión entre una visión más moderada de los dirigentes y otra más radical de sus seguidores, en su gran mayoría campesinos quechuahablantes. Mientras que para Micaela Bastidas y Tupac Amaru existían españoles aceptables y la Iglesia católica era intocable, la masa rebelde cada vez más extendía la definición de “enemigo” y comenzaba a atacar las iglesias del sur andino, así como a algunos sacerdotes.

Esta tensión se fue acentuando con el paso del tiempo, sobre todo tras la muerte de Tupac Amaru y Micaela Bastidas y el traspaso del epicentro de la insurgencia hacia el lago Titicaca. En la segunda fase de la rebelión, los rebeldes y los realistas dejaron de tomar presos —ejecutaban a los sospechosos sin proceso alguno— y la neutralidad resultó imposible. Como sostengo en el libro, el conflicto se convirtió en “una guerra total”.

Los líderes de la segunda fase aceptaron un cese al fuego y la promesa de una amnistía a fines de 1782. Esta sería revocada meses después, y los líderes, Diego Cristóbal Tupac Amaru, Mariano Tupac Amaru y Andrés Mendigure, fueron ejecutados de manera brutal y muchos de sus familiares fueron enviados a presidios en Chile y España en condiciones inhumanas. La represión se concentró en los parientes y los más cercanos a los líderes. Asimismo, las autoridades intentaron evaluar el nivel de apoyo otorgado a la rebelión por algunos criollos y curas. La famosa campaña represiva del visitador José Antonio de Areche (la prohibición de las obras de Garcilaso de la Vega, de las referencias a los incas y hasta del uso cotidiano del quechua, una especie de revolución cultural colonial) quedó en el papel. No llegaría a realizarse.

La rebelión provocó represión y una serie de reformas. El visitador Arreche arremetió frontalmente contra la cultura andina, subrayando que la Conquista había sido incompleta debido a la persistencia cultural de los indígenas y a la incapacidad de autoridades y sacerdotes en imponer la cultura ibérica, sobre todo el castellano y el catolicismo. Para él, la continuidad y extendido uso del quechua era signo del atraso de los indígenas y el fracaso del proyecto colonial. Autoridades de tendencia más moderada o más políticamente pragmáticas sabían que no podían depender solamente de la represión: antes, debían bajar la presión tributaria en la zona rebelde y tener mucho cuidado de provocar otro levantamiento. A la rebelión no le siguió, como se podía suponer, un baño de sangre.

Lo que sí es evidente es que los españoles lograron silenciar o poner en segundo plano la rebelión. Hablar de Tupac Amaru en las décadas posteriores era peligroso. Nadie en Cuzco quería ser asociado con la rebelión —la represión y sus repercusiones continuaban—, debido a lo cual los pueblos cusqueños rebeldes permanecieron temerosos. Además, fue un tema doloroso: los que sentían simpatía por la rebelión sabían que casi habían logrado la victoria, y tras la derrota experimentaron la frustración y la muerte de los suyos. Aunque falta profundizar en estos años posteriores, sabemos que el nombre de Tupac Amaru no fue mencionado con frecuencia en Cuzco. De alguna manera, era un tema amargo y tabú para todos: para los realistas que casi perdieron América del Sur y para la mayoría del pueblo cusqueño que sintió haber perdido de manera injusta.

Tupac Amaru no fue un símbolo de los diferentes movimientos independentistas peruanos. Creo que el que Tupac Amaru no haya sido un referente para los rebeldes refleja la capacidad española de anular la discusión sobre el levantamiento. En la misma España, recién llegó a ser un tema de interés histórico en la década de 1830. Fue incómodo incluso para los mismos dirigentes patriotas por distintas razones. La gran insurrección del Cuzco de 1814 tuvo como uno sus dirigentes militares a Mateo Pumacahua. El cacique de Chinchero fue un instrumento principal en la represión de Tupac Amaru, pues utilizó a sus soldados indígenas para neutralizar las ventajas bélicas de los rebeldes, al emplear las mismas tácticas.

En una de las grandes ironías históricas, Pumacahua se convirtió en líder rebelde a los setenta años y murió ejecutado por los realistas. Como anotamos, el Perú cambió. Los hermanos Angulo tampoco usaron a Tupac Amaru o Micaela Bastidas como símbolos. Falta explorar el porqué. Con la derrota de la rebelión del sur andino en 1815, el eje de la Independencia se movió hacia Lima y la costa (con réplicas importantes, es necesario recordar, en muchas zonas andinas). Y aunque suene a simplificación, los dirigentes de la fase costeña de 1818-1823 no estaban interesados en un movimiento violento y distante en el espacio y el tiempo, ocurrido en el sur andino en la década de 1780 y con actores que hablaban en quechua.

Hubo enormes diferencias entre los proyectos de Tupac Amaru (sobre todo de sus seguidores más intransigentes) y de los patriotas moderados que apoyaron tibiamente a San Martín. Obviamente, dentro de los grupos patriotas hubo grupos más radicales que bien podían simpatizar con Tupac Amaru. Sin embargo, los proyectos de 1780 y 1820 tenían grandes diferencias sociales y políticas.

Necesitamos saber más sobre Tupac Amaru como símbolo durante las guerras de independencia. Mi argumento de que Tupac Amaru no tuvo una repercusión importante en dicho proceso y que su presencia en el imaginario creció sólo a partir de 1830 puede estar equivocado. Hace falta ver su papel en los diferentes movimientos que van de Arica a Tumbes y en otras regiones del territorio en conflicto. Se trata de una tarea pendiente.

En realidad, es una de las entradas más prometedoras para el bicentenario: regresar a la historia social y ver por qué, cómo y quiénes apoyaban a los diferentes grupos, incluso a los realistas. Dentro de este proyecto, examinar el impacto o la imagen de Tupac Amaru es un tema de investigación muy sugerente. En las últimas décadas, el estudio de la independencia en Hispanoamérica ha sido una especie de juego de ping-pong: pasa de un énfasis del lado americano al lado ibérico para otra vez desplazarse al lado americano, y etcétera y etcétera. Por cierto, en los últimos años se suele acentuar los cambios culturales y políticos en Europa más que los acontecimientos americanos, lo que me parece un error o, mejor dicho, una exageración.

Mi recomendación es que retornemos a una historia más amplia, basada en lo mejor de la historia social, para entender la diversidad de movimientos sociales y políticos a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. Esto nos permitirá ver los cambios en la cultura política y las relaciones políticas desde Tupac Amaru hasta la batalla de Ayacucho. Contamos con pocos estudios nuevos sobre los diferentes movimientos, los más pequeños e incluso los más grandes.

Perú fue pionero en algunos de estos estudios críticos hace unas décadas. Necesitamos saber más sobre la participación popular en los diferentes grupos y tomar en serio a los realistas. Tomar en cuenta la presencia o legado de la gran rebelión de Tupac Amaru nos ayudará a entender a su vez la Independencia, lo cual contribuirá a comprender mejor las promesas, muchas de ellas no cumplidas, de la Independencia y por ende el significado del bicentenario.

Charles Walker – Revista Argumentos 2015.

Hugo Amanque Chaiña


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