Hugo Amanque Chaiñaagosto 24, 202014min172

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Reseña histórica sobre las vacunas en el mundo a propósito de la pandemia sanitaria

las vacunas

Alberto Morán – Licenciado en Farmacia y Master en Dirección de Empresas Biotecnológicas de la Universidad Complutense de Madrid.

Definición

Según la Organización Mundial de la Salud se entiende por vacuna “cualquier preparación destinada a generar inmunidad contra una enfermedad estimulando la producción de los anticuerpos”. Brevemente decir aquí que los anticuerpos son sustancias generadas por nuestro cuerpo que están relacionadas con la inmunidad. Esto es, son una de las armas defensivas del cuerpo frente a las agresiones de agentes externos, como, por ejemplo, los virus y bacterias causantes de enfermedades.

Un poco de Historia

La historia de las vacunas comienza con el empleo de los chinos de la denominada inoculación de la viruela entorno al año 1000 D.C., según consta en textos como “El tratamiento correcto de la viruela» atribuido a una monja budista que vivió durante el reinado de Jen Tsung (1022 a 1063) y «El espejo dorado de la Medicina».  También se practicaba en África y en Turquía, antes de extenderse hacia Europa y América. En Europa no hubo conocimiento de la variolización hasta 1721, fecha en la que Lady Mary Wortley Montagu la introdujo tras su regreso de Constantinopla. Desde allí, la práctica de la variolización se extendió a partir de mediados del siglo XVIII, al resto de Europa. La palabra vacuna fue acuñada por el médico y biólogo británico Edward Jenner.

Jenner y la «vacuna»

Las vacunas, son unas herramientas de prevención de enfermedades muy habituales hoy en día. Prácticamente todo el mundo está familiarizado con el término “vacuna”. Pero ¿de dónde viene esa palabra? ¿Qué hecho científico hay tras él?

Edward Jenner era un médico inglés. A los trece años comenzó su vida profesional al servicio de un cirujano local, con el que permaneció hasta los veintiuno. Fue entonces cuando se trasladó a Londres para continuar con su formación como médico. En 1773 regresó a la ciudad de Berkeley, su ciudad natal para abrir una consulta local, en la que adquirió un cierto prestigio.

A finales del siglo XVIII la enfermedad de la viruela era una plaga muy temida en Europa y América, puesto que causaba una gran mortalidad y no existía tratamiento contra ella. La única manera de prevenirla consistía en inyectar a un sujeto sano materia infectada procedente de un paciente con un ataque leve de viruela, con la esperanza de que ese sujeto sano desarrollase también la forma leve de la enfermedad y después ya quedase protegido frente a ella. Sin embargo, frecuentemente las cosas no eran así y el individuo sano fallecía de viruela. Jenner observó que era frecuente que las lecheras sufrieran en las manos de unas pústulas de carácter benigno cuando estaban en contacto continuado con vacas que padecían una enfermedad llamada viruela de las vacas.

Esta enfermedad provocaba erupciones en las ubres semejantes a las que produce la viruela humana. En 1796 Jenner se dio cuenta de que las vaqueras que sufrían este contagio luego quedaban a salvo de enfermar de viruela común. Es decir, se hacían inmunes. Jenner decidió probar esa observación y tuvo la idea de inocular a una persona sana con la viruela de las vacas para conferirle inmunidad frente a la peligrosa epidemia. El 14 de mayo de 1796 llevó a cabo su experimento que él mismo describe así en su escrito «Investigación sobre las causas y los efectos de la viruela vacuna»:

“Para observar mejor cómo evolucionaba la infección, inoculé la viruela vacuna a un niño sano de ocho años. La vacuna procedía de una pústula del brazo de una ordeñadora, a quien había contagiado la vaca de su señor. El 14 de mayo de 1796 se la inyectó al niño a través de dos cortes superficiales en el brazo, cada uno de los cuales tenía la anchura de un pulgar.

El séptimo día se quejó de pesadez en el hombro; el noveno, perdió el apetito, tuvo algo de frío y un ligero dolor de cabeza; durante todo el día se encontró enfermo y pasó la noche inquieto, pero al día siguiente volvió a encontrarse bien. La zona de los cortes evolucionaba hacia la fase de supuración, ofreciendo exactamente el mismo aspecto que adquiere la materia virulosa.

Para cerciorarme de que el niño, levemente infectado por la viruela vacuna, había quedado realmente inmunizado contra la viruela humana, el 1 de julio le inyecté materia virulosa que había extraído con anterioridad de una pústula humana. Se la apliqué profusamente mediante varios cortes y punturas, pero no dio lugar a ningún ataque de viruela.

En los brazos aparecieron los mismos síntomas que provocan las sustancias virulosas en los niños que han sufrido variola o viruela vacuna. Al cabo de unos meses, le volví a inocular materia virulosa, que en esta ocasión no produjo ningún efecto visible en el cuerpo «.

Jenner envió un informe a la Royal Society de Londres, pero ésta lo rechazó. En 1798 publicó el libro “Investigación acerca de las causas y efectos de la viruela vacuna”, cuyos costes fueron pagados por él mismo.  Comenzó además una campaña para dar a conocer su “vacuna”, que generó gran polémica y fue muy discutida. Los científicos de la época, e incluso la Asociación Médica de Londres, se opusieron al tratamiento de Jenner y, en muchas ocasiones realizaron críticas violentas e injuriosas. Incluso desde los púlpitos se predicaba que la vacuna era una acción anticristiana. Finalmente, su vacunación acabó imponiéndose por sus espectaculares resultados y Jenner, que se convirtió en una celebridad nacional e internacional, disfrutó desde 1802 de una importante suma anual concedida por el Parlamento.

En 1815 se retiró de la actividad científica. Es importante indicar que hoy en día sus métodos de experimentación no serían aceptados por ningún comité científico. Los esfuerzos de Jenner y el desarrollo de la vacuna de la viruela evitaron numerosas muertes. Sin embargo, esta enfermedad era aún frecuente en África y Asia en la década de los sesenta del siglo XX. En 1966 comenzó en el mundo el Programa de Erradicación de la Viruela de la OMS. En 1980, 24 años después del inicio del Programa, la viruela se declaró oficialmente erradicada, convirtiéndose así en la primera enfermedad oficialmente erradicada de nuestro planeta.

Algunos hitos importantes en la historia de las vacunas:

En 1874 entró en vigor en Alemania la Ley de Vacunación, que introdujo la obligatoriedad de la vacunación contra la viruela a todos los niños en su primer año de vida, siempre que no hubiesen contraído la enfermedad, y a los menores de doce años que no hubieran sufrido la viruela en los cinco años anteriores. En esta misma época, durante la guerra franco-prusiana (1870-1871) se declaró en Francia una grave epidemia de viruela, que causó la muerte a 20.000 franceses. En cambio, en el ejército alemán, bien vacunado, sólo se produjeron 300 muertes

En 1885, Louis Pasteur, administró la vacuna de la rabia a Joseph Meister, un niño de nueve años de edad. Pese al éxito obtenido, el experimento provocó una gran conmoción en la comunidad científica, que veía con horror la introducción deliberada de un microorganismo mortal en el cuerpo humano. Ese mismo año, el médico español Jaime Ferrán y Clúa (1852-1929), personaje brillante y desconocido en nuestro país creó la vacuna contra el cólera.

En 1890, Shibasaburo Kitasato (1852-1931) y Emil von Behring (1854-1917), elaboraron la vacuna contra la difteria. En 1921, Albert Calmette (1863-1933) y Jean-Marie Camille Guérin (1872-1961), desarrollaron la vacuna contra la tuberculosis, cuyo preparado aún se conoce como BCG. A partir de aquí la lista de vacunas sería muy larga. Destacamos por su importancia la vacuna contra la fiebre amarilla (1935), la de la poliomielitis (1955, Jonás Salk), la del sarampión (Enders 1960), la de la rubéola (Séller, 1962), y la de la hepatitis B (1979). El 8 de mayo de 1980 la OMS declaró oficialmente erradicada la viruela. Fue la primera vez que se lograba eliminar una enfermedad de la faz de la Tierra.

Los Movimientos anti vacunas

Desde el inicio de la vacunación, han existido grupos más o menos organizados, en contra de esta práctica. Así, en 1879, se fundó la Sociedad Anti-Vacunación de América. La Liga Anti-Vacunación Obligatoria de Nueva Inglaterra se formó en 1882, y la Liga Anti-Vacunación de Nueva York en 1885. En noviembre de 1904, en respuesta a una campaña pública de vacunación, ciudadanos y cadetes militares de Rio de Janeiro se levantaron en la Revolta da Vacina. Los disturbios empezaron el día en que la ley de vacunación entró en vigor. Más recientemente algunas actuaciones de movimientos antivacunas han llevado a un repunte en el número de casos de determinadas enfermedades infecciosas. Un ejemplo lo tenemos en Nigeria, donde a principios de los 2000, líderes religiosos conservadores recomendaron a sus seguidores que no vacunas en a sus hijos con la vacuna oral contra la polio. Como consecuencia, la poliomielitis reapareció en países vecinos de Nigeria, previamente libres de polio, y los tests genéticos determinaron que el virus era el mismo que se había originado en el norte de Nigeria. En 2006, Nigeria tenía más de la mitad de todos los nuevos casos de polio en el mundo.

Desde un punto de vista estrictamente científico, sin entrar en valoraciones éticas o morales, las vacunas son una herramienta profundamente positiva. Basta con hacer una evaluación riesgo/beneficio para darse cuenta de esto. La evidencia científica, los datos, demuestran que las vacunas producen un acusado descenso en la morbi-mortalidad provocada por procesos infecciosos. Esto quiere decir que disminuye el número de personas que enferman y, aún más, el de fallecimientos. A cambio ¿qué tenemos? Efectos secundarios. Sí, todo medicamento o terapia tiene unos riesgos asociados, unos efectos secundarios. Sin embargo, la morbilidad (casos de enfermedad) y mortalidad asociados a las vacunas es tan bajo que lo hace prácticamente irrelevante.

Hugo Amanque Chaiña


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